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08/11/09
The Village Vanguard, 178 7th Ave S Nueva York, NY 10014, USA
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Etiquetas JAZZ/BLUES
Travelling man
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Etiquetas SIN PALABRAS
07/11/09
Las tijeras de Charles Simic
Simic, que es un irónico o un metafísico de a pie o un escéptico metido a lírico, hace una poesía deslumbrante. Una de esas poéticas que convienen en tiempos convulsos. En realidad es el poeta más útil que he leído recientemente. Eso contando con aquéllo de que la poesía es siempre un arma cargada de muchas cosas y ahí entra cada uno para investirlas con los dones que se precisen para que no pierda comba en la administración de la realidad, pero no puedo evitar la imagen purísima, incluso en su tosco principio de tragedia, de las tijeras en mitad de la noche.
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
06/11/09
No cabremos
Seremos 9.000 millones de bocas en 2.050. A esa fecha yo estaré muerto. No veré el caos. Me perderé el colapso global. Como no soy un ecologista excéntrico, no expongo mi decepción con sólidos argumentos de conciencia. Mi alarma es estética. Incluso moral. Me pregunto en qué desquiciado juego se permite el ingreso de todos los jugadores. Caigo en la cuenta de que la batalla es más profunda de lo que parece. Mientras uno se alistan en las milicias de la vida como un don sagrado, otros borramos los adjetivos y cuidamos de que estemos bien o de que estemos mejor los que ya andamos por aquí. No somos pocos. Lo irresponsable (no lo digo sólo yo, no lo defiende únicamente mi particular manera de ver las cosas) es que los países en franco progreso o los que llevan ya decenios en esa bondad democrática, los alfabetizados, los que disponen de un rango cultural mayor, tengan gremios que censuren toda profilaxis, que criminalicen a quienes piensan qué vidas van a traer al mundo.
Tampoco sé si es simplemente una de esas batallas entre intelectuales. El humanista contra el ecologista. El católico contra el descreído. Desde Malthus han caído muchas teorías, pero todas convergen en un mismo lugar, uno patético, mirado con detalle. Se resume a aceptar que la casa común no tiene suficiente espacio para sus inquilinos. Es una verdad incontrovertible. No hay dispositivo racional que la contradiga. Esto va a reventar y quizá sea necesario sentar en una mesa a quienes pueden evitarlo y no dejarles que se levanten hasta que haya algún tipo de consenso.
En términos médicos, la metástasis es ya inevitable. El cáncer está ahí. El símil es del propio Ehrlich. El Vaticano se opone frontalmente a que algún tipo de planificación sea alentada por los gobiernos sensibles. Vendrán los hijos que quiera Dios. Con lo sencillo que es separar sexualidad y procreación y educar a las generaciones futuras con vistas a que no pierdan el tiempo en nubes místicas. A lo mejor es un buen paso convencernos del todo de que vivimos en un país laico. Convencernos de que el mundo, puestos a ser estrictos, necesita laicos. Tampoco muchos. Vaya que no quepan.
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
04/11/09
George Kaplan cumple 50 años
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Etiquetas NOTAS SOBRE CINE
Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo...
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
31/10/09
Um fingidor
O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.
E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.
E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração.
Traducción
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que en verdad siente.
Y los que leen lo que escribe
en el dolor leído sienten
no los dos que él ha tenido
sino el que ellos no sienten.
Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón
Autopsicografía, Bernardo Soares (heterónimo)
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Etiquetas PALABRAS AJENAS
Huele a Arkham esta noche...
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
29/10/09
La silla de Clifford Brown
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Etiquetas JAZZ/BLUES
Halloween 2009
El desplazamiento es relativo. Lo que hay, en todo caso, es una razonable alarma de las parroquias al ver cómo la normativa tradicional en asuntos de culto está siendo (únicamente en parte) desplazada por estas devociones extranjeras y, por tanto, indignas. Dicen que Halloween no es una fiesta inocente. La cristiandad tampoco lo es. Ninguna religión, en el fondo, lo es. Todas edifican su doctrinario invocando la salvación de unas almas, juego que teatralizan durante la vida del feligrés hasta que, llegada su óbito, nada hay a lo que aferrarse para comprobar la veracidad de la promesa.
Nada hay de anormal en la proclama del prelado alcarreño. No batalla contra calabazas huecas (que antes fueron nabos y su deficiente cosecha en los Estados Unidos provocó su sustitución) ni contra esqueletos. El truco y trato es una insignificancia, una afrenta a los códigos morales cristianos que se queda en un ruido diminuto, en una nimiedad. A lo que se enfrenta la Conferencia Episcopal es al negocio puro y duro, a la universal receta del trueque, al tópico ése que decía que el cliente siempre tiene razón. En asuntos de mercado y en asunto de salvación de almas. La fe tiene también su clientelismo. El alma es tóxica. La vida es tóxica. Las religiones son paternalismos acérrimos, tutelas interesadas, metáforas adictivas, letra pequeña.
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
28/10/09
Cánticos de taberna
Viene todo esto a cuento de que Google, ese monstruo despejador de incógnitas, ese oráculo imbatible, resolvió la ecuación y dio un nombre a la cita: Adolfo Bioy Casares, La sierva ajena.. Anoche un correo de un buen amigo me refirió lo del apretado tejido de infortunios y que la trama ya tenía un nombre al que confiar el hallazgo. De lo que este amigo no hablaba en su correo, que se dedicaba básicamente a asuntos más pedestres (banda ancha, contratación de un espacio web...) era de los formidables ratos compartidos con el amigo Bioy a pie de barra, en el momento sublime en el que la lengua aletea dentro de la boca, toma altura, cae, se despeña, se levanta y regresa al aire lírico del lenguaje. Esa jácara nocturna de amigotes arracimados alrededor de una mesa, en un fondo de bar o en la intimidad de la casa de alguno, en cerrada vocación filológica, dando rienda suelta a las sencillas ganas de hablar. O no son tan sencillas. Sí que echo en falta al señor Bioy Casares, toda esa magia de prestidigitador impostado, que vacila por gusto, que está cómodo entre iguales y espera a ver quién suelta la parida más descacharrante. Aunque fuésemos todos unos auténticos cabestros y fuera de esa lindeza literaria ocupáramos la cháchara en lo habitual en estos casos, las proezas galantes, los goles del domingo y la áspera cantinela del trabajo cada lunes por la mañana. Seguimos, a pesar de los años, cayendo en las mismos vicios. Hace que no los practicamos. K. me contó que buscará un hueco en su agenda. A Juan le acabo de decir que voy a colgar este post y se pase y le eche un vistazo. Sé que, no gustándole, le hará ponerse sentimental.
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25/10/09
Saki bajo la lluvia
Best Books, The Atlantic Monthly, Jillian TamakiHe leído en sitios exóticos. En metro no lo he hecho jamás. He disfrutado viendo en cine cómo la gente se aislaba de la gente (no sé yo si eso es recomendable del todo, pero en ocasiones sí sé que es totalmente necesario) leyendo en el metro. Hace poco estuve en Madrid y pude admirir esa circunstancia en directo. Había una japonesa leyendo un libro en japonés y una adolescente leyendo a Harry Potter. Ignoro qué parte de la pantagruélica aventura. Vi a un señor muy mayor que leía La razón. Quizá por ser muy mayor. Ver a un chico joven, afectadamente pulcro, peinado con raya imperial y levantando la cabeza a cada instante, como buscando a alguien, me hizo pensar en K., que suele hacer eso en las cafeterías, cuando hojea la prensa y dedica más tiempo a la concurrencia que a las noticias.
He leído en la sala de espera del médico el final de una aburrida novela de Murakami y también en esa misma sala he empezado un adictivo texto de Auster. En el autobús, en Córdoba, para fomentar la afición a la lectura, el Ayuntamiento dispuso colocar en los cristales poemas. En los transportes urbanos se recomienda siempre leer poesía porque es fácilmente interrumpible y te hace también sentirte transportado, pero sin levantarte del asiento, eso en el caso de que vayas sentado, cosa que no sucede en todos los casos.
He leído an Borges e casi cualquier sitio que el buen lector pueda imaginar. Hay lugares de Córdoba que me hacen pensar en el poema del ajedrez o en la historia de Funés el memorioso o en Emma Zunz o en Asterión. ("¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió"). De hecho al pasar nuevamente por ellos regreso a esos personajes o recreo alguna línea de algún poema y el impulso natural es declamarla, airearla, convertir esa circunstancia estrictamente íntima (un libro, un sitio) en un acontecimiento público. Nunca tuve pudor ni me afectó la vergüenza de llamar la atención por la calle. En eso, en ese arrebato de lujuria libresca, menos todavía.
Como he terminado de leer a Saki, me levanto justo ahora, miro en las estanterías y coloco en mi mochililla un libro para mañana. ¿Memoria y deseo, la poesía de Vázquez Montalbán?
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
El perfume del pan
Anoche leí a Cortázar muchos años después. Fue haciendo zapping, ya saben. Ese tipo de lectura caótica que te llena un rato y que no te vacía al instante. Pero leer así a Cortázar da juego después. Se te llena la cabeza de nubes y de paseos por la ciudad que luego resultan ser paseos por el alma.
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Etiquetas LETRAS
Moon: ... Planet Earth is blue and there's nothing I can do...
Resulta penoso (o resulta lógico) que la única vía que le queda a la filosofía en el cine siga siendo la ciencia-ficción. Moon escudriña de nuevo las preguntas fundamentales que se hace el ser humano. A algunas les da respuesta la religión; a otras, la ciencia. Entre la fe y la razón, hurgando en una y en otra, está Sam, que es un minero galáctico, una especie de eremita tecnológico al que han contratado para satisfacer las altas demandas de helio-3, la energía del futuro, la única posible, y que de pronto comienza a cuestionar la realidad. La de Moon sucede en un menos aséptico de lo esperado cubículo cósmico. En ella suceden más cosas que en muchas películas del género que recorren distancias siderales.
Aunque quizá lo verdaderamente importante en Moon es la denuncia de la absoluta falta de principios morales que gobierna esta sociedad en la que vivimos o en alguna otra cerniente. La ciencia-ficción es un género fantástico para contarnos las cosas que nos suceden por dentro en el paradójico atrezzo del universo, en ese espacio negro y puro, infinito, en el que el hombre tal vez habla consigo mismo y encuentra las respuestas con las que no da en la sórdida, impura y rutinaria Tierra.
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Etiquetas PELÍCULAS
23/10/09
Si la cosa funciona: el formidable ocaso del genio
Woody Allen nos ha contado con absoluta maestría ese espacio doméstico, limpio de volutas infográficas, escrito con la veracidad del que escruta esa realidad y extrae de ella las historias de más sencilla literatura. Busquen en su imaginario cinéfilo y encuentren el ejemplo que mejor se acopla a lo aquí contado. No tardarán en dar con los necesarios. De hecho yo sigo pensando que Woody Allen, el mejor Woody Allen, al menos, cuenta siempre la misma historia, aunque se esmera en confundirnos al moverla de escenario o al introducir personajes aparentemente novedosos o desenlaces parcialmente inéditos. Todo, sin embargo, está escrito en el infalible cuaderno de trabajo de este genio incansables, fatigado ya en la vejez, que sabe cómo funciona el engaño del cine y rinde al exigente público (el suyo es de los más inteligentes que pueda haber) muy medidas raciones de realidad, entregada a manta, construída bajo la mala uva de su humor, que no es negro ni chabacano ni bebe de la actualidad para ir a la moda sino que se escribe con mimbres clásicos, con inbatibles argumentos universales. Dentro de cien años veremos con la misma satisfacción Si la cosa funciona, la última entrega en pantalla y, a lo visto, la mejor desde que cambió el modelo narrativo y las intenciones estéticos y filmó una de las mejores películas que yo haya visto recientemente y que es la menos suya de todas: hablo de la formidable, en todos los aspectos, Match point.
Ver una película de Woody Allen sigue entusiasmando. No existe abatimiento. La peregrina idea de salir insatisfecho no nos cohíbe y hacemos la cola. Las colas en el cine cuando proyectan una película de Woody Allen son colas de iguales. Gente cortada por la misma tijera cinéfila. Gente sana, en su mayor parte, que disfruta las piruetas verbales, los gestos, los trompicones de la palabra del genio neoyorkino. Hay en esa cola una íntima sensación de júbilo. Si un fan irredento de Michael Bay lee esto y concluye que también siente eso cuando asiste a su última gamberrada visual no tengo argumentos para contradecirlo. La fe en lo que uno cree carece de un prospecto leíble, llevable a término. A mí, que he hecho cola para algún Transfomer por obligación parental, me ha llamado la atención el griterío de la muchachada, la explosión de nervios agitándoles el pecho y desatándoles la lengua, pero no nos desviemos...
Si la cosa funciona no funciona. No al menos como quisiéramos. No basta que sea una rémora del trabajo de los ochenta. No es suficiente que Woody Allen haya retomado su lenta descripción de la ciudad de Nueva York y las neuras, frustaciones y subidones de vida (la vida en ocasiones asciende el torrente sanguíneo como una toxina, pero no nos damos cuenta) que sufren sus inquilinos. Si la cosa funciona no es el cine ejemplar de antaño. Habiendo momentos brillantes, sobran los rutinarios, y eso que puestos a ser exigente (ya lo hemos advertido) la filmografía de Woody Allen podría pecar de abusar de esos tics, de esas situaciones arquetípicas, resueltas con abundante carnaza semántica.
La historia del profesor de mecánica cuántica en su desvencijado, destartalado y gris apartamento del Nueva York más tosco y también desvencijado, destartalado y gris que ha filmado Woody Allen no es una historia nueva. La hemos visto antes. Muchas veces. La historia de la bruta chica de pueblo, mal hablada, inocente y buenetona, que llega a la gran ciudad para escapar del provincianismo que la oprime (aunque eso al principio ella nunca podría expresarlo así) ya ha sido contada (Poderosa Afrodita). Aquí no hay coro griego pero el protagonista nos habla, se excluye de la ficción y mira a la pantalla para hacer de la voz en off más carnal que pueda imaginarse.
Todo el paternalismo de Woody Allen converge aquí para demostrarnos que la vida puede ser maravillosa (una pena, al hilo de la frase de marras, la muerte del excéntrico periodista deporti vo Andrés Montes, yo la he sentido así, al menos) y que vivir siempre da un extra de entusiasmo, si la cosa funciona... El hombre que era lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por sí mismo se ha permitido también una excentricidad, se ha copiado a sí mismo y ha perdido en el tránsito una brizna de genio, pero juro que disfruté mucho con lo que ya traía de casa antes de entrar al cine. Sé lo que digo. Me daba lo mismo (o casi, no exageremos) que todo fuese un desastre enorme (desastre tipo Vicky Cristina Barcelona). No lo es en ese grado. Hay (insisto) talento, ocasiones aprovechadas para hacer cine del bueno, pero el genio está cansado, ha cogido sus frases y las ha reescrito, sin entregarse al más genuino oficio de escribir otras nuevas. Se lo excusamos. Además es el único cineasta del mundo que levanta a sus protagonistas a las cuatro de la mañana, los junta en la cocina y los pone a parlotear asuntos de una trascendencia absoluta, perfilada por un humor brutal y arroja a uno de ellos por la ventana con la terrible decisión de quitarse ya definitivamente del medio. Pero el infortunio se alía con ellos y su vida dura una película. Justo eso.
El cine, así abría esta reflexión de viernes noche, abre puertas donde antes había muros, jardínes donde eriales, burdeles donde altares o viceversa. Woody Allen es el único cineasta (vivo) que no abre ni cierra nada. Todo está ahí. Él se limita a contarlo de una forma que es suya. Woody Allen es su propio género. Bergman, su admirado Bergman, era también el suyo. Michael Bay, ay, lamentablemente está consiguiendo a pasos agigantados (y caros, vive Dios) el suyo en propiedad o en alquiler, según tercie el mercado.
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