20/11/09

Alida en Viena


Fue la novia de Harry Lime alejándose del cementerio en la bruma nostálgica de la cítara de Anton Karas, pero pudo haberse dejado amar por Holly Martins. Entre la tristeza sin aristas de Martins y la navaja encendida de Lime. Por las calles de Viena. En blanco y negro. En una mañana muy lluviosa de navidad en Córdoba, vi por primera vez a Alida Valli, y también fue la última, paradójicamente. Luego he visto algunas películas en las que esta dama italiana del cine ponía su rostro enigmático, duro, hermoso como un adjetivo en la nieve (Senso, El proceso Paradine, El grito) pero nunca tuve esa sensación de plenitud óptica absoluta. Anoche, ojeando una revista de cine, apareció esta fotografía. Contaban que había muerto. Entonces busqué El tercer hombre. No la vi entera. La tengo completa en la cabeza. Busqué el final. La cítara. El cementerio. Joseph Cotten, el novelista de serie B, el derrotado. Alida. Era muy hermosa.

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19/11/09

Palabras de amor

(para mi niña sioux)

partir de cero, insistir en la servidumbre del alma, acometer el aprendizaje del vuelo del pájaro, desordenar el trance sublime de querernos y volverlo a colocar en su secreto sitio de espuma y de besos absolutos, ser impúdico en lo preciso, que no se note que somos frágiles, clausurar la alegría únicamente para encerrarnos en otra, educar el cuerpo para que no se pierda un solo festín, alborotar el corazón con la risa de los niños, evocar la infancia leyendo unos versos, vivir iluminado por la obediencia de unos cuantos muy íntimos vicios, recibir con perplejidad los dones del mundo, examinarlos, ceremoniosamente besarlos y luego arrumbarlos al fondo del alma, donde la memoria hace su libro perfecto de rimas, acudir a la cita diaria del amor sin estrépito ni ruido, perdernos en la felicidad sencilla de los libros, derrumbarnos al final del día con la certeza de haber hecho feliz a alguien, adorar los dioses justos o no adorar ninguno y rezarnos a nosotros mismos cada noche, beber el tiempo, paladear las horas, saborear los minutos, saber ser dignos en la derrota, buscar a los amigos y dejar que nos busquen, arder ante la belleza, invocar al numen de la cordura mientras que no abandonemos del todo unos gramos de desatino y aguardar la muerte juntos, el uno confiada y jubilosamente en el otro, como quien en el sueño de pronto es invadido por un ejército de sombras

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18/11/09

Bukowski / Pound



Salvadas las distancias, las intenciones estéticas e incluso el compromiso cultural, Ezra Pound me hace siempre pensar en Charles Bukowski. Sobre todo Pound ya anciano, vencido por los años, solicitándole al tiempo, al implacable, una bula, la concesión de un aplazamiento. El poeta, en esa edad ya reveladoramente provecta, se siente una especie de dios del mundo que ha ido registrando en sus versos. Al igual que un novelista necesita el vértigo de los años, su fiebre y su lanza, para crear su obra, el poeta también se alarga y adquiere relevancia mitológica cuando sabe envejecer y entender las heridas de las horas, el vaciamiento del alma que antes se dedicó con paciencia y con rigor y con pasión a ir llenando de belleza y de inteligencia. Los guerreros, al final, estamos solos, dijo en una entrevista. La suya fue una poética contra la usura, contra el mercado del dinero, que es más terrible que todos los sueños perversos de los dictadores. A diferencia de Bukowski, que vivió la feliz vida de quien se deja llevar absolutamente por sus vicios y acepta que esos vicios le retiren de ella, Pound fue un prisionero de su pensamiento y habitó cárceles y fue torturado y rebajado al grado mínimo de humanidad. Dentro de la jaula, Pound concibió su idea del mundo. Bukowski fatigó barras de bar, alternó con putas y jamás fue hecho prisionero por las palabras que dijo. Lo apresaron por calavera, por vividor, por mujeriego, por borracho. Los dos fueron, no obstante, honrados en lo suyo. La poesía es un arte mayor. Tal vez el más grande. El que con más precisión hurga en lo invisible, en lo que no está y, sin embargo, mueve el mundo y mueve el sol y también las estrellas, como quería Dante.

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17/11/09

La señora Danvers, Jimi Hendrix y una asiática preñada


“Last night I dreamt I went to Manderley again”





Cuando Alfred Hitchcock ideó Rebeca, David O. Selznick, el Rey Midas de Hollywood, tenía una ciudad ardiendo en su cabeza. Tenía Atlanta quemada y Clark Gable yendo y viniendo a caballo por entre las cenizas de su matrimonio. Lo que el viento se llevó, rodada al tiempo que Rebeca, hizo que Hitchcock hiciese y deshiciese a antojo y convirtiese la historia de la segunda señora de Winter, más que la primera, ahogada, furiosamente revivida por el ama de llaves Danvers, en un relato personal, conducido bajo la gótica y brumosa atmósfera del cine inglés del maestro. Recuerdo haber visto Rebeca en una sesión matinal de la Escuela de Magisterio de Córdoba. Recuerdo también el estado de shock después del pase. La cara de la señora Danvers me persiguió durante días. La veía en los libros de Pedagogía y en la cola del supermercado. Me la encontraba en la panadería de mi calle, a mi vera, guardando escrupulosa cola. Con los años, por encima de la estupenda historia de Daphne du Marier y del pulso formidable de Hitchcock, Rebeca sigue siendo la señora Danvers, su rostro sacado del centro mismo del infierno y traído a la tierra para envenener mis sueños.


Si era o no lesbiana la estricta y retorcida ama de llaves de Manderley me importaba escasamente. Me bastaba el gesto incendiario, el rictus principiando el mal, todo el odio y todo el amor que es posible encerrar en el alma de una persona y que la conduce al desvarío, al desmán puro.

-Guardo su ropa interior aquí, la hicieron para ella las monjas del convento de Santa Clara. Yo la espera siempre, por tarde que fuese. A veces, ella y el señor llegaban de madrugada. Al desvestirse me hablaba de la fiesta a la que había asistido. Conocía a personas importantes y todo el mundo la quería. Al terminar el baño iba al dormitorio y se dirigía al tocador. ¿Ha tocado el cepillo, verdad? Así está mejor, tal y como ella lo dejaba. Vamos Deni, el cabello, me decía. Y entonces yo le cepillaba el pelo durante 20 minutos. Y luego decía, buenas noches Deni y se metía en la cama. Yo misma bordé para ella esta bolsa y está siempre aquí. ¿Ha visto algo más delicado? Mire como se ve mi mano. Nadie pensaría que hace tanto tiempo que se fue. A veces, cuando voy por el pasillo, creo que la estoy oyendo tras de mi, con sus suaves pasos, no podía confundirlos. No sólo aquí dentro, sino en toda la casa. Casi los oigo ahora. ¿Cree que los muertos nos observan?

-No, no lo creo-

-Me pregunto, si no vuelve aquí, a Manderline, y los contempla a ustedes juntos. ¿Está cansada? ¿Por qué no se queda un rato y descansa? Escuche el mar. Es tranquilizante. Escúchelo. Escúchelo. Escuche el mar.




Diabólica hasta el desmayo, la señora Danvers (una magnífica Judith Anderson) gana la partida a todos sus compañeros de reparto, incluyendo un poco excedido todavía Laurence Olivier y una excelente Joan Fontaine. Quemada como más tarde Norman Bates, sacrificada por amor, entregada al fuego balsámico, la señora Danvers ocupó durante algunos meses la pared de la salita de mi primer piso de soltero en 1.991. Soltero cafre, si me permiten, moderadamente sentimental con mis cosas, amancebado justo a tiempo, pletórico, razonablemente perverso en sus vicios y consciente de la escasa duración de los placeres incluso (ay) cuando éstos se suceden sin descanso, atropellando la serena visión de su efecto, conduciendo al paciente de su alocada fiebre a un casi continuo estado de ebriedad estética. Así amé yo Rebeca. Así permití que su influjo soliviantase la limpia pared de esa casa. No tengo muy claro de dónde salió la fotografía de marras (la de Judith Anderson y Joan Fontaine desgarradas que aparece justo debajo de los títulos de crédito que ilustran este enfermizo post). Sin embargo sí que alcanzo a recordar un póster de un frenético Jimi Hendrix a su lado (Monterrey, Woodstock, en fin) y otro de una asiática embarazada, el pelo muy oscuro y peinado con saña hacia atrás, presumiendo de barriga. de tetas como bombonas de butano y de pezones negros y duros como carbón del Bierzo. Esas fotografías escoltaron mi ingreso en la vida laboral y asistieron con silenciado asombro al desfile de compañeros de farra que dejaban el pudor y el tedio en la puerta y comprendían que el amor y la belleza y la inteligencia estaban en el fondo de una botella de Jim Bean o de una larguísima conversación a muchas bandas sobre el carpe diem y todos sus hijos bastardos. Eran mis veinte y muy pocos años, así que todo se puede excusar. Desaparecieron, supongo. Fueron sustituidas por otras. Al dejar la coqueta casa de alquiler(Plaza de los Caballos, Priego de Córdoba) me prometí llenar las paredes de iconos en cualquier piso al fuese. Lo cumplí a medias. Ninguna fotografía como la de la señora Danvers. Ningún recuerdo tan imborrable.





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15/11/09

Servido el veneno, abierto el verso...


Charles Baudelaire no creía en el azar. Tampoco en la cogorza imbécil de quienes no buscaban en la ebriedad un instrumento para descerrajar los usos de la belleza, la rutina implacable de sus signos. Sin freno, ni espuela ni brida, cabalgó el éter formidable de los iluminados y cortejó el abismo como casi ningún otro poeta. Después le han seguido muchos, pero él tiene el muy relevante mérito de haberse sacrificado por amor al arte. Servido el veneno, abierto el verso.

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Mi mejor lector


Cuento entre mis aficiones la de no permitirme perder ninguna. Retorcer la materia misma de la semántica no garantiza otra cosa que la posible salida de líquidos internos del meollo de la palabra. Estrujen un adjetivo y verán cómo sale otro igual que de la panza de John Hurt salía un alien. El lenguaje tiene estas cosas: cree uno que lo tiene dominado y de pronto un adjetivo se resiste o sale díscolo o se pone a roznar como un asno o a balar como una oveja y entonces no tenemos esa certidumbre de saber con qué andamos trabajando. Las palabras son, en este caso, piezas sensibles que no se dejan manosear por cualquiera. Una de esas aficiones que me gusta mantener es la de la curiosidad semántica. No hay mejor libro que un diccionario. Puestos a dejar que se nos desboque la imaginación, podemos asegurar que dentro de un diccionario, ni siquiera del mejor ni del más premiado, están todos los demás libros. Está Lolita, Lo-li-ta, la pieza maestra de Vladimir Nabokov. Están las obras completas de William Blake, que era un visionario metido en letrista de copla de la época. Yo sudo fe y sudo fe a espuertas cada vez que me despeño en la hoja en blanco. Juro que sudo una fe del tamaño de la fe del señor Rouco Varela hacia quien le guía en esta avenida de pesares. No le va a la zaga. Yo no pierdo mi religión al modo en que lo hacía Michael Stipe en aquella gloriosa canción: la arrimo a diario a mis intereses. Testarudo e iluminado, me erijo mercader de mi propios vicios. Y aquí me ven, regateándoles minutos de su atención. Pidiendo lectores. Buscando en el limbo la cosecha de almas que justifiquen este dislate. Porque lo es, no crean. Uno que satisface y disguta en casi idéntica medida. No se escribe para los demás, lo sé, pero quizá en esa sencilla norma esté la felicidad y no en el tormento de escribir para explicarse uno el mundo y, en la travesía de las palabras, ver si alguien pica y cae en la cuenta de que el mundo es como lo acabamos de prefigurar. Con lo que me cuesta darme placer cada vez que invento algo como para preocuparme de dar placer a los demás. K., que ha escrito también lo suyo, lo dejó cuando descubrió que su mejor lector se aburría. No teniéndolo lejos ni llevándose excesivamente mal con él, tal vez hizo lo mejor que entonces podía. A día de hoy, algunos años más tarde, no se arrepiente. Por lo menos dice que no se arrepiente. Sólo lamento que no entre en este blog y haga algún comentario al pie.

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Como en las películas de Bergman


Los entierros soportables en las películas de Bergman en donde los obispos no se exceden en las virtudes del muerto ni hacen peligrar la austera convocatoria de duelo sin plañideras. Nada que ver con la fiereza dominical de la parroquia latina, con la crudeza episcopal de aquí. Será el vértigo de la sangre, ese plus de entusiasmo vital con el que los pueblos del sur nos fajamos de la tragedia de vivir. Luego dicen que en Finlandia hay un índice de suicidios escandaloso, pero serán retiradas voluntarias muy discretas, fugas exentas de espectáculo. Como en las películas de Bergman.

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14/11/09

Libros olvidados


Existe la creencia de que los libros que aborrecemos en la adolescencia son libros que amamos en la edad adulta. No ha sido así en mi caso, en la mayoría de los casos. Lamento que La tía Tula, Ana Karerina o La regenta no engrandezcan con su noble literatura mi estatura como lector. Deshice mis reticencias y probé a descubrir el placer que manuales y profesores me vendían como si fuese oro y yo aparantese mendigarlo. No hubo forma. Caiga sobre mí el cielo y me aplaste, reduciendo mi cuerpo a polvo y que el polvo lo esparza el viento sobre toda la faz de la tierra, que diría algún rapsoda clásico inspirado por mi vergüenza.
Sí que disfruté leyendo Moby Dick, la novela monumental de Herman Melville. Nadie me la recomendó. Llegué a ella gracias a Gregory Peck y a la película de John Huston. Fue una de esas noches épicas de la 2 en la que uno podía vencer al tiempo con sus mismas armas y salir de la batalla ennoblecido, jubilosamente triunfal y hasta mejor persona. Nadie me vendió Moby Dick, aunque recuerde todavía el instante preciso de la compra en una librería de Córdoba que ahora (signo de los tiempos) está ocupada por una enorme tienda de zapatos.
Se bastó John Ford para enviarme al libro y quedé varado en la zozobra del agua encrespada por las acometidas furiosas de la gran ballena blanca que perturbó ya para siempre el alma del capitán Ahab. No siempre fue el bendito cine el que me transportó a los libros en esa edad delicada en la que uno no conoce todavía los placeres de las letras ni se esfuerza en allanar ese obstáculo. Me encantaría recordar cómo fue la primera vez que reconocí la voz de Jim Hawkins y de Long John Silver, esa primera y asombrosa ocasión en la que Robinson Crusoe medita sobre la fugacidad de la vida y sobre el abandono de todas las militancias y servidumbres que esa vida exige o cómo el Capitán Nemo negaba al hombre y se negaba a sí mismo con su Nautilus por las procelosas soledades del mar. La lista es inabarcable: Peter Pan, Dick Turpin, Willy Fogg, Ricardo Corazón de León, Hércules Poirot, Frodo, Sherlock Holmes.
Temo, en cierto modo, volver a abrir La vuelta al mundo en 80 días o, mejor, dentro del maestro Verne, Viaje al centro de la Tierra (mi favorito entre los favoritos). Cada libro es otro libro cada vez que lo leemos. Cada lector es otro lector en cada lectura. Nadie vuelve dos veces a las aguas del mismo río. Ni el río ni uno mismo somos los mismos.
Lo sabía Heráclito. Y Borges, claro. No me imagino mi yo lector sin el concurso de Borges y La casa de Asterión o el poema del ajedrez o Las ruinas circulares, y agradezco que el azar o la desgracia hubiesen puesto sobre mi mesita de noche alguno de esos monumentos de la palabra como parte indisoluble de alguna nota en alguna asignatura. Algo falla en el sistema educativo y en el fomento de la lectura en el alumno. En mí el edificio de la motivación se vino abajo con estrépito y me dejó afectado hasta que el rumor de algunos nombres ya dichos (Stevenson, Lovecraft, Poe, Cortázar, Melville, Verne, Nabokov, García Márquez, Faulkner) me empujó a un laberinto en el que todavía, pasmado, asombrado, sobrecogido, iluminado, deambulo.
Quiero proteger el recuerdo de Jasón y los argonautas, que me hizo amar el cine. Temo perder la fascinación del primer western, pero ya he perdido irremisiblemente las caras, la aventura, la épica de aquella novicia película de indios y de vaqueros que amenizó (y cómo) tardes gigantescas de mesa camilla y brasero en casa de mis padres. Tenía tal vez diez años. Algo más tal vez. El blanco y negro puro de una televisión Telefunken (me acuerdo de su chasis, de sus botones grandes y robustos) me regaló un ciclo de Buñuel mejicano en la 2, un repaso al melodrama de Douglas Sirk y Mis Terrores Favoritos, una serie antológica, magistral del ínclito Narciso Ibáñez Serrador. Es cosa de ir a hemeroteca (google puro) y ver cuándo fueron programadas esas sesiones de alegría en forma de cine.
La memoria tutela esos recuerdos y los aleja del ingrato vértigo de los años. Mi infancia fue una suerte de viaje fantástico que me liberó del aburrimiento. Como carezco de hermanos, mi ocio requería de estas precisas compensaciones. Recuerdo fines de semana batallando con los tigres de Mompracén o contemplando las excursiones a tierras infieles del Capitán Trueno o de mi adorado Jabato.
Esa labor callada de la fantasía quizá modeló al inquieto lector de ahora. Por eso no es recomendable, aunque sí posible, lamentablemente posible, vender la isla del tesoro a quien no necesita comprarla. Ya la buscará. Lo único ciertamente triste es que la encuentre tarde y no sepa cómo latía el corazón de Jim cuando se escondía en el tonel de manzanas.
Hay gente que no ha pisado esa senda en su vida. Ninguna buena historia les atrapó cuando tenían diez años y el mundo era todavía una isla con un tesoro dentro. El lado contrario a la imaginación es la ciencia, esa búsqueda metódica de la verdad y de los mecanismos que sustancian el modo en que la verdad o la certeza ordena el universo y gestiona el natural periplo de sus criaturas.
La ciencia no indaga para engrosar el capítulo de preguntas que nos hacemos de continuo: indaga para formular respuestas a unas pocas. La fantasía fatiga ese mismo camino, pero desoye la razón y la cordura y prefiere la incertidumbre, el asombro puro.
Lo que está muy visto no asombra. El cuento mágico da una dimensión laica del mundo. Blasfema. El cuento de naturaleza mágica informa de la tragedia de la vida con artimañas hermosas. Sabemos que la princesa muere o descubrimos la traición del héroe, pero ninguna de esos avatares escandalosos para nuestra mente inocente nos traumatiza. Advertimos dentro de la trama las razones de la barbarie y terminamos creyendo en ella y admitiendo su concurso en el devenir de la historia. No ocurre así con la vida, a la que no perdonamos que tenga caducidad y que aleje de nosotros a quienes queremos.
La literatura o el cine o la música, disciplinas de la misma categoría (¿La belleza, tal vez ?), contribuyen a normalizar nuestra orfandad espiritual. Quienes encuentran respuestas lo que de verdad van buscando son enigmas. La belleza es un añadido no necesariamente relevante. El creador es un demiurgo, un dios pequeñito y caprichoso, rudimentario y juguetón. La religión no deja de ser literatura. La religión es otro formulario fantástico de asideros espirituales para sobrellevar el absurdo de la muerte. A ese absurdo la religión le coloca la chapita de la salvación y nos hace firmar un contrato tácito con la esperanza, con la fe y con toda la maquinaria fabulosa de la palabrería celestial, que acaba negando los horrores de la vida y levantando un mullido edificio de mentiras o, al menos, de verdades insostenibles. Las religiones reclutan su ejército fiel de novelistas, que vienen a ser los prosistas del credo. Estos apóstoles no hacen otra cosa distinta a la que hizo Julio Verne o Robert Louis Stevenson o William Shakespeare: forjar héroes, inventar mundos, contar gestas, izar la divisa de la palabra como único instrumento de la verdad. Quien domestica el verbo, gobierna el mundo. Eso lo sabían todos los profetas y apresuraron su paso por los caminos para que todos escucharan la Voz y a ella entregasen su alma. Siendo muy reduccionista, acudiendo a un pensamiento muy primario, se me ocurre que a lo mejor debiéramos crear en los alumnos la necesidad del mito, esa vocación insobornable por querer saber más y conocer más historias al modo del peligroso sultán de Las mil y una noches y su imaginativa Sherezade. Y puede ser que si cubrimos esa necesidad el mundo sea mejor, gire mejor y termine siendo un lugar más agradable y la vida en sus dominios una actividad menos fanática, pero esto lo digo a pie de teclado, consciente de que soy, en el fondo, crédulo, bobo y un punto nostálgico.

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Yo era el dueño del mundo en mil novecientos ochenta

El mundo era mío en mil novecientos ochenta. Yo era un voyeur novicio despeñado en el escote de Kim Novak. Bronceados jugadores de squash leen prensa bursátil en el cenador de un club naútico. James Brown se descoyunta en el Palladium. Kafka todavía no es nadie en mil novecientos ochenta. Bajo el sol sin Kafka la vida custodia desvaríos y almanaques y nos dirigimos hacia la semilla infinita del tiempo sin instrucciones precisas. Soy un niño supersticioso que describe milagros y toma rehenes estériles en las novelas de Julio Verne. Soy en mil novecientos ochenta la fiebre y no confío en el futuro. Impúdico y hermoso, en un jardín británico, echo de menos el escote de Kim Novak y escribo contra la muerte la rúbrica inocente de mis años enfermos. Huir entonces. Soy partidario de la fuga. Yo era el dueño del mundo en mil novecientos ochenta.
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13/11/09

Saki al completo



El a menudo desapasionado ejercicio de la reseña literaria que los periódicos ahombran a sus vistosos sueltos culturales consiente licencias que, a la larga, aun concebidos en el escorzo y en los prejuicios, benefician al lector. Tuve la suerte de conocer así a un escritor de asuntos de humor, que no son muchos, la verdad. Hablo de Saki, Hector Hugh Monro. El cronista encargado de valorar un volumen de cuentos del maestro inglés no debía ser muy amigo de la narrativa hiriente, descreída y confortablemente alojada en el socarrón humor británico. Lo cierto es que no sólo se empleaba a gusto en apalizar la calidad literaria del autor sino que, de camino, invocaba a los dioses de la estética, del buen gusto y de la formalidad, sea esto lo que quiera ser, para crear en el lector casual - yo lo era, vírgen de Saki todavía, a pesar de habérmelo presentado confidencialmente un compañero de armas en el TEAR de San Fernando - las certezas suficientes como para no abrir un libro suyo en la vida. Demos gracias al Señor, caso de que nos conceda la certeza de su existencia, por la fe de estos reseñistas apasionados. Algunos ganan adeptos cuando adulan hasta el desmayo y otros los ganan cuando se obstinan, salvajemente, en lo contrario, cuando despotrican hirientemente y nos hacen preguntarnos si haremos bien en no investigar por nuestra cuenta y criterio.




He aquí la pandora de la crítica: su arbitraria caterva de lúcidos estiletes y de torpes peones, aunque todos contribuyen a que el usuario de la obra artística tenga exacta noción de lo que a otros les ha parecido lo que está a punto de conocer. Tengo el capricho de suponer que este crítico poco sakiano todavía profesa el amor a la prosa furibunda y se dedica, a beneficio de soldada, a despotricar contra quienes, a su juicio, carecen de las bondades que él considera inexcusables en cualquier manifestación del intelecto humano. Tengo también la idea de que si este buen hombre de pronto se topase con este modesto escrito, tímidamente hospedado en un blog que no lee casi nadie y escrito por un alguien que no aspira, en esto de las letras, a nada en especial, podría reconocerse y contestarme que mi prosa no obvia la puñalada trapera, el absentismo en las ideas razonables y cierta condición subjetiva que me iguala a él. Yo sería, a efectos judiciales, víctima de mis propias consideraciones estéticas. Es posible que sea así, pero acabo de leer (ya casi podemos decir releer) unos cuentos de Saki tan asombrosos (Alpha Decay, Barcelona, 2.005) que no concibo saña tan atroz y, sobre todo, tratándose de un señor abalconado sobre un público tan amplio (el periódico era de tirada nacional) y disponiendo de un púlpito tan elevado. Si yo aquí me dedico a rajar de la última película de Terry Gillian voy a condicionar la asistencia de tan escaso margen de espectadores que no vale la pena ni centrarnos en esa razonamieno. Igual que si ahora me entrego a informar a mi pequeño grupo de amigos sobre la irrelevancia de la poesía de Luis Alberto de Cuenca o la música de Javier Ruibal. Todos somos, razonadamente, críticos, voceros de nuestras sensaciones. Algunos despliegan la imaginería verbal y el tino preciso para engolosinar a un considerable número de fieles lectores. Su labor doctrinal puede incluso ser tomada como auténtica labor literaria al punto de que algunos de esos críticos formidables podrían despertar la injerencia de otros críticos de relevancia y alcance menor, siempre incendiariamente dispuestos a rebajar el tono mayestático y casi litúrgico de lo que exponen aunque sólo sea por ocupar el sitio que éstos desalojen. Este ingrato oficio - uno del siglo XX, refirió Cabrera Infante - contiene las trazas de pedantería y de impostada erudición que otros oficios "de letras" no poseen: el crítico parece en ciertas ocasiones por encima del objeto del que escribe, objeto al que se ha dedicado a rebajar lo suficiente como para que nadie albergue duda alguna acerca de la verdadera motivación de su escritura. Y cuando el autor reseñado es inevitablemente sagrado (qué digo yo, Montaigne, Shakespeare, Borges, Cervantes, Dickens) se las ingenia para que su alarde de epítetos no sólo glose sus excelencias sino también las suyas, convenientemente esparcidas. Unas veces llaman mucho la atención. Otras, a gusto del cronista, se disimulan con eficacia.
Tal vez la crítica tenga resortes ocultos, dispositivos secretos que activan una parte de nuestro cerebro de forma ya indeleble. Quiso el autor de la demolición de Saki preservar en su texto una finísima llamada a la reflexión: "Esto es lo que yo opino, querido lector, pero ahí está el libro y tiene usted perfecta voluntad de arrimarse a sus páginas y coincidir conmigo o, caso contrario, diferir alborozadamente."

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Extraña fruta





Al alma, cuando la asedian, le da por convertir la necesidad en virtud. El artista atrincherado en su decadencia rinde más. Mi amigo K. sostiene que al arte se accede desde el dolor. Imagino a Billie Holiday cantando en el Royal Albert Hall en Londres. Creo que no la sobrecogería el marco imponente, la suntuosa sofisticación victoriana, todo ese selecto y estirado público de la City poco acostumbrado al swing, esa fiebre negra que causa furor en la otra orilla. Billie iba a lo suyo. Se estaba mejor ahí arriba, mirando desde esa cima, altiva, imponente, que en el Reformatorio de Mujeres o en alguna apestosa clínica de desintoxicación o en la cárcel, acusada de tenencia y consumo de estupefacientes. En cualquier sitio mejor que encerrada. Mejor en el Carnegie Hall. En la calle 52. En algún tugurio de comarcal. En la barra de un bar. En la cama de algún músico recién llegado a la orquesta. Cada uno elige la forma de irse de esta vida. Algunos se dejan llevar y sobrellevan como pueden que sea el azar o el cansancio de los años los que les aparten. Otros se empecinan el elegir las armas del duelo. Prefieren excederse, confirmar eso de que vivir es siempre algo accidental y gris. El alma sensible confirma todos los pronósticos más extremistas. Al alma arponeada por los vicios más grandiosos se le fuga el numen, se pierde más aceleradamente, termina arrumbada en un callejón, expuesto el cuerpo que la cobija como un fardo andrajoso. Como Poe. Como Baudelaire. Como todos los grandes poetas y los grandes músicos que sacrificaron el equilibrio (qué importa el equilibrio) para pasearse como funambulistas por el alambre resbaladizo de las horas.
Billie Holiday, caída en pura desgracia, graba en 1.958 con esa pinta de absoluto abandono. Fondona, rebajada físicamente, moriría un año más tarde, mermada en registros, quemada por dentro y por fuera, entre la indigencia y el fatalismo. Billie Holiday, en estas fotografías, es la dama venida a menos, sí, pero exhibe una nobleza visible. La he visto en Chavela Vargas. No en Amy Winehouse, que es un parto mediático de este siglo ávido de divas y que tiene que hurgar hasta que topa con un ramalazo (uno diminuto) de genio. Billie Holiday era la gran señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgerald. Su vida, sin embargo, se distanció de lo que hubiese querido la abnegada parroquia de adictos a su voz quebradísima, frágil, elocuente en donde la elocuencia narra cosas y las narra hinchadas de dramatismo y de verdad. En la voz de Billie Holiday hay mucha verdad. Está el destrozo de un pueblo, el negro, el suyo, y está el blues o el jazz o ambos como expresión de ese sentir.

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12/11/09

La realidad y el deseo

Sigo pensando que es la ficción la que imita a la realidad, pero José Luis Borau contó una vez que los lujosos interiores que se ven en las películas de Hollywood no existían en verdad . Que los vistos miles de veces en las películas de Douglas Sirk o de Billy Wilder eran invención pura. Creación de un ser superior que dictaba la moda que luego ocupaba las casas señoriales y los suntuosos apartamentos de las grandes avenidas. Una vez cruzada la travesía de la ficción, los interioristas veían la luz de lo real, las casas de Sunset Boulevard, los caros apartamentos que rodean Central Park o que se elevan en las calles más distinguidas de Broadway. Y veían con disimulado asombro que todo aquel desparrame estético había sido ideado por ellos. Para las películas. Para la mentira que ametrallan los fotogramas en una sala oscura y mágica.
El cine precede a la vida en muchas ocasiones. El talento creativo (o el ingenio) mira a la ficción, la observa en plan entomológico, como rebañando píxels, y luego cae en la cuenta de la existencia tímida y tal vez un poco pacata y triste de la precaria y siempre desmontable realidad. O es al revés y el autor se basta con esa observación de lo que le rodea (decimonónicamente) para garabatear el esqueleto de su historia. La literatura, transportable luego al lenguaje visual o reposada en letra o en discurso oral, es la que mueve el sol y las estrellas, a pesar de Dante y muy a pesar de la Conferencia Episcopal, que pondrá ese motor invisible en Dios o en la salvación eterna del alma. La letra, ah la letra. Y si está herida de honda inteligencia y de pálpito sensible, mejor. Esa letra, cabalgada de genio, es la que hace esta vida sobrellevable. Sigo pensando que si no fuesen por todos esos frívolos subidones de ficción, la vida sencillamente no sería soportable.

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11/11/09

Escribir

Encontré un par de buenas razones para no volver a escribir nunca más. Como al irlas diciendo por la calle, conforme las pensaba, me resultaron más literarias que argumentativas, cogí el bloc de notas del móvil y las registré en su memoria. Agitado, cuidando de no tropezar y evitando en lo posible llevarme por delante algún transeúnte descuidado, entré en un bar y me pedí un café. Encendí un cigarrillo. No fumo, pero me encanta el alambique del humo en el aire, sobre los adjetivos, creciendo como un ectoplasma lírico. De pronto comprendí que el par de buenas razones para dejar de escribir que me asaltaron minutos antes merecían un texto más extenso. Hay que ser considerado con los lectores. Los lectores son como transeúntes descuidados, pero tengo alguno que me pregunta si sigo escribiendo o si tengo esa novela aplazada ya en la mesa y con todos los hilos juntos y esmeradamente expuestos. Lo de no volver a escribir nunca más no es un capricho. Siempre pensé que esto de escribir tenía un plazo. Que nada ganaba en la travesía. Se cree uno mejor lector que escritor. Incluso mejor comprador de libros que lector propiamente. Se van llenando las estanterías y no se tiene tiempo para leer. Y cuando alguno se encuentra se activa el resorte de la escritura y dejamos el libro en el sofá o en la mesita y manuscribimos las dos paridas recién alumbradas. Palabras que no cuentan casi nada. Las palabras que cuentan cosas las dicen otros. Uno debe aceptar que la literatura es un oficio muy arriesgado del que no se sale sin daño. Yo mismo he comprobado con los años cómo lo poco o lo mucho que he escrito me ha afectado en mi vida diaria. Días enteros dedicados a contar historias. A juntar versos. El colmo de la creencia de que uno está verdaderamente haciendo algo perdurable es escribir en un blog y ver a diario las visitas. Pensar que hay gente ahí afuera que hurga en las palabras y les busca los pliegues y los agujeros. Todo es muy provisional. Hace tres años no tenía blog y mañana es probable que deje de tenerlo. Ni siquiera guardo un backup de lo que escribo. Un backup, fíjense. Vas andando por la calle y de repente razonas que las dos mil entradas del blog (van por ahí, qué desvarío) están en un nudo digital o en un servidor 2.0. No tengo ni idea de dónde están mis palabras. Tampoco sé dónde andan justo antes de que me las apropie. Todo es muy complicado y el sueño me está venciendo. Cerramos el miércoles. Nada reseñable en la blogocosa tonight. Ancho me viene un párpado.

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10/11/09

Entender a Coltrane



Bono (U2): Estaba en lo alto del Grand Hotel de Chicago [de gira en 1987] escuchando A Love Supreme y aprendiendo la lección de toda una vida. Momentos antes había estado viendo cómo unos telepredicadores rehacían a Dios según su propia imagen: pequeños, insignificantes y codiciosos. La religión se ha vuelto el enemigo de Dios, pensé… la religión es lo que quedó cuando Dios, como Elvis, se fue de casa. Desde los primeros recuerdos que guardo de mi vida, siempre he sabido que el mundo está girando en la dirección contraria al amor y que yo también estoy atrapado en eso. Hay tanta maldad en este mundo… pero la belleza es nuestro premio de consolación… la belleza de la voz aflautada de Coltrane, sus susurros, su astucia, su sexualidad maliciosa, su alabanza a la creación. Y de esta manera empecé a entender a Coltrane. Pulsé el botón de repeat y me quedé despierto escuchando a un hombre enfrentándose a Dios con el don de su música.



Caso de que uno escuche A love supreme sin la interferencia de la cultura, sin haber leido que Dios estaba detrás del saxofonista, guiándole, apartando lo irrelevante y conduciendo la música hacia ese estado central del bienestar en el que uno lo ve todo y lo ve con reverencia y pudor, el disco de John Coltrane es un amasijo hermoso de sonidos. La palabra amasijo está devaluada, pero conviene en ocasiones para evitar el merodeo semántico y definir qué es el jazz. Después de haber escuchado miles de discos y de haber dedicado una parte sustancial de mi ocio al jazz, yo no sé qué es. Imagino que lo mueve la fe al igual que es también la fe la que conduce al feligrés a la parroquia. Por eso Coltrane es un sacerdote y Bono, en su sentida reflexión, lo sitúa justo en el altar, derramando sabiduría para quien quiera escuchar. Una vez que ahuyentamos la religión, queda Dios o queda el jazz contenido en un salmo.
John Coltrane murió a los cuarenta años. Hizo discos de reveladores títulos místicos. Y se fue hasta las trancas de heroína y de pastillas. Ebrio de Dios y de química.


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08/11/09

The Village Vanguard, 178 7th Ave S Nueva York, NY 10014, USA




Hubo un tiempo en que estar a la vanguardia del pueblo consistía en tocar jazz. El Village Vanguard de Nueva York abrió sus puertas en febrero de 1.935. Pronto llevará setenta y cinco años tutelando esa dinastía épica de músicos conjurados, ebrios de genio, inspirados por el numen secreto de la belleza. No una belleza cualquiera sino una que, al tiempo que desprendía luz y causaba asombro, batallaba contra quienes, tercos, ignorantes, censuraban aquella música hecha por negros o por blancos pervertidos por negros. Hubiese estado bien estar sentado en uno de sus salones y ver a Bill Evans tocar Waltz for Debby. Son cosas que no podrán pasar ya nunca. Y aunque sea una excentricidad de domingo tristón de otoño recién caído, me duele.

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