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20/11/09
Alida en Viena
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Etiquetas NOTAS SOBRE CINE
19/11/09
Palabras de amor
partir de cero, insistir en la servidumbre del alma, acometer el aprendizaje del vuelo del pájaro, desordenar el trance sublime de querernos y volverlo a colocar en su secreto sitio de espuma y de besos absolutos, ser impúdico en lo preciso, que no se note que somos frágiles, clausurar la alegría únicamente para encerrarnos en otra, educar el cuerpo para que no se pierda un solo festín, alborotar el corazón con la risa de los niños, evocar la infancia leyendo unos versos, vivir iluminado por la obediencia de unos cuantos muy íntimos vicios, recibir con perplejidad los dones del mundo, examinarlos, ceremoniosamente besarlos y luego arrumbarlos al fondo del alma, donde la memoria hace su libro perfecto de rimas, acudir a la cita diaria del amor sin estrépito ni ruido, perdernos en la felicidad sencilla de los libros, derrumbarnos al final del día con la certeza de haber hecho feliz a alguien, adorar los dioses justos o no adorar ninguno y rezarnos a nosotros mismos cada noche, beber el tiempo, paladear las horas, saborear los minutos, saber ser dignos en la derrota, buscar a los amigos y dejar que nos busquen, arder ante la belleza, invocar al numen de la cordura mientras que no abandonemos del todo unos gramos de desatino y aguardar la muerte juntos, el uno confiada y jubilosamente en el otro, como quien en el sueño de pronto es invadido por un ejército de sombras
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Etiquetas LETRAS
18/11/09
Bukowski / Pound
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17/11/09
La señora Danvers, Jimi Hendrix y una asiática preñada

Cuando Alfred Hitchcock ideó Rebeca, David O. Selznick, el Rey Midas de Hollywood, tenía una ciudad ardiendo en su cabeza. Tenía Atlanta quemada y Clark Gable yendo y viniendo a caballo por entre las cenizas de su matrimonio. Lo que el viento se llevó, rodada al tiempo que Rebeca, hizo que Hitchcock hiciese y deshiciese a antojo y convirtiese la historia de la segunda señora de Winter, más que la primera, ahogada, furiosamente revivida por el ama de llaves Danvers, en un relato personal, conducido bajo la gótica y brumosa atmósfera del cine inglés del maestro. Recuerdo haber visto Rebeca en una sesión matinal de la Escuela de Magisterio de Córdoba. Recuerdo también el estado de shock después del pase. La cara de la señora Danvers me persiguió durante días. La veía en los libros de Pedagogía y en la cola del supermercado. Me la encontraba en la panadería de mi calle, a mi vera, guardando escrupulosa cola. Con los años, por encima de la estupenda historia de Daphne du Marier y del pulso formidable de Hitchcock, Rebeca sigue siendo la señora Danvers, su rostro sacado del centro mismo del infierno y traído a la tierra para envenener mis sueños.

-Guardo su ropa interior aquí, la hicieron para ella las monjas del convento de Santa Clara. Yo la espera siempre, por tarde que fuese. A veces, ella y el señor llegaban de madrugada. Al desvestirse me hablaba de la fiesta a la que había asistido. Conocía a personas importantes y todo el mundo la quería. Al terminar el baño iba al dormitorio y se dirigía al tocador. ¿Ha tocado el cepillo, verdad? Así está mejor, tal y como ella lo dejaba. Vamos Deni, el cabello, me decía. Y entonces yo le cepillaba el pelo durante 20 minutos. Y luego decía, buenas noches Deni y se metía en la cama. Yo misma bordé para ella esta bolsa y está siempre aquí. ¿Ha visto algo más delicado? Mire como se ve mi mano. Nadie pensaría que hace tanto tiempo que se fue. A veces, cuando voy por el pasillo, creo que la estoy oyendo tras de mi, con sus suaves pasos, no podía confundirlos. No sólo aquí dentro, sino en toda la casa. Casi los oigo ahora. ¿Cree que los muertos nos observan?
-No, no lo creo-
-Me pregunto, si no vuelve aquí, a Manderline, y los contempla a ustedes juntos. ¿Está cansada? ¿Por qué no se queda un rato y descansa? Escuche el mar. Es tranquilizante. Escúchelo. Escúchelo. Escuche el mar.





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15/11/09
Servido el veneno, abierto el verso...
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
Mi mejor lector
Cuento entre mis aficiones la de no permitirme perder ninguna. Retorcer la materia misma de la semántica no garantiza otra cosa que la posible salida de líquidos internos del meollo de la palabra. Estrujen un adjetivo y verán cómo sale otro igual que de la panza de John Hurt salía un alien. El lenguaje tiene estas cosas: cree uno que lo tiene dominado y de pronto un adjetivo se resiste o sale díscolo o se pone a roznar como un asno o a balar como una oveja y entonces no tenemos esa certidumbre de saber con qué andamos trabajando. Las palabras son, en este caso, piezas sensibles que no se dejan manosear por cualquiera. Una de esas aficiones que me gusta mantener es la de la curiosidad semántica. No hay mejor libro que un diccionario. Puestos a dejar que se nos desboque la imaginación, podemos asegurar que dentro de un diccionario, ni siquiera del mejor ni del más premiado, están todos los demás libros. Está Lolita, Lo-li-ta, la pieza maestra de Vladimir Nabokov. Están las obras completas de William Blake, que era un visionario metido en letrista de copla de la época. Yo sudo fe y sudo fe a espuertas cada vez que me despeño en la hoja en blanco. Juro que sudo una fe del tamaño de la fe del señor Rouco Varela hacia quien le guía en esta avenida de pesares. No le va a la zaga. Yo no pierdo mi religión al modo en que lo hacía Michael Stipe en aquella gloriosa canción: la arrimo a diario a mis intereses. Testarudo e iluminado, me erijo mercader de mi propios vicios. Y aquí me ven, regateándoles minutos de su atención. Pidiendo lectores. Buscando en el limbo la cosecha de almas que justifiquen este dislate. Porque lo es, no crean. Uno que satisface y disguta en casi idéntica medida. No se escribe para los demás, lo sé, pero quizá en esa sencilla norma esté la felicidad y no en el tormento de escribir para explicarse uno el mundo y, en la travesía de las palabras, ver si alguien pica y cae en la cuenta de que el mundo es como lo acabamos de prefigurar. Con lo que me cuesta darme placer cada vez que invento algo como para preocuparme de dar placer a los demás. K., que ha escrito también lo suyo, lo dejó cuando descubrió que su mejor lector se aburría. No teniéndolo lejos ni llevándose excesivamente mal con él, tal vez hizo lo mejor que entonces podía. A día de hoy, algunos años más tarde, no se arrepiente. Por lo menos dice que no se arrepiente. Sólo lamento que no entre en este blog y haga algún comentario al pie.
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Como en las películas de Bergman
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
14/11/09
Libros olvidados
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
Yo era el dueño del mundo en mil novecientos ochenta
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Etiquetas PERPETUUM MOBILE
13/11/09
Saki al completo

He aquí la pandora de la crítica: su arbitraria caterva de lúcidos estiletes y de torpes peones, aunque todos contribuyen a que el usuario de la obra artística tenga exacta noción de lo que a otros les ha parecido lo que está a punto de conocer. Tengo el capricho de suponer que este crítico poco sakiano todavía profesa el amor a la prosa furibunda y se dedica, a beneficio de soldada, a despotricar contra quienes, a su juicio, carecen de las bondades que él considera inexcusables en cualquier manifestación del intelecto humano. Tengo también la idea de que si este buen hombre de pronto se topase con este modesto escrito, tímidamente hospedado en un blog que no lee casi nadie y escrito por un alguien que no aspira, en esto de las letras, a nada en especial, podría reconocerse y contestarme que mi prosa no obvia la puñalada trapera, el absentismo en las ideas razonables y cierta condición subjetiva que me iguala a él. Yo sería, a efectos judiciales, víctima de mis propias consideraciones estéticas. Es posible que sea así, pero acabo de leer (ya casi podemos decir releer) unos cuentos de Saki tan asombrosos (Alpha Decay, Barcelona, 2.005) que no concibo saña tan atroz y, sobre todo, tratándose de un señor abalconado sobre un público tan amplio (el periódico era de tirada nacional) y disponiendo de un púlpito tan elevado. Si yo aquí me dedico a rajar de la última película de Terry Gillian voy a condicionar la asistencia de tan escaso margen de espectadores que no vale la pena ni centrarnos en esa razonamieno. Igual que si ahora me entrego a informar a mi pequeño grupo de amigos sobre la irrelevancia de la poesía de Luis Alberto de Cuenca o la música de Javier Ruibal. Todos somos, razonadamente, críticos, voceros de nuestras sensaciones. Algunos despliegan la imaginería verbal y el tino preciso para engolosinar a un considerable número de fieles lectores. Su labor doctrinal puede incluso ser tomada como auténtica labor literaria al punto de que algunos de esos críticos formidables podrían despertar la injerencia de otros críticos de relevancia y alcance menor, siempre incendiariamente dispuestos a rebajar el tono mayestático y casi litúrgico de lo que exponen aunque sólo sea por ocupar el sitio que éstos desalojen. Este ingrato oficio - uno del siglo XX, refirió Cabrera Infante - contiene las trazas de pedantería y de impostada erudición que otros oficios "de letras" no poseen: el crítico parece en ciertas ocasiones por encima del objeto del que escribe, objeto al que se ha dedicado a rebajar lo suficiente como para que nadie albergue duda alguna acerca de la verdadera motivación de su escritura. Y cuando el autor reseñado es inevitablemente sagrado (qué digo yo, Montaigne, Shakespeare, Borges, Cervantes, Dickens) se las ingenia para que su alarde de epítetos no sólo glose sus excelencias sino también las suyas, convenientemente esparcidas. Unas veces llaman mucho la atención. Otras, a gusto del cronista, se disimulan con eficacia.
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
Extraña fruta


Al alma, cuando la asedian, le da por convertir la necesidad en virtud. El artista atrincherado en su decadencia rinde más. Mi amigo K. sostiene que al arte se accede desde el dolor. Imagino a Billie Holiday cantando en el Royal Albert Hall en Londres. Creo que no la sobrecogería el marco imponente, la suntuosa sofisticación victoriana, todo ese selecto y estirado público de la City poco acostumbrado al swing, esa fiebre negra que causa furor en la otra orilla. Billie iba a lo suyo. Se estaba mejor ahí arriba, mirando desde esa cima, altiva, imponente, que en el Reformatorio de Mujeres o en alguna apestosa clínica de desintoxicación o en la cárcel, acusada de tenencia y consumo de estupefacientes. En cualquier sitio mejor que encerrada. Mejor en el Carnegie Hall. En la calle 52. En algún tugurio de comarcal. En la barra de un bar. En la cama de algún músico recién llegado a la orquesta. Cada uno elige la forma de irse de esta vida. Algunos se dejan llevar y sobrellevan como pueden que sea el azar o el cansancio de los años los que les aparten. Otros se empecinan el elegir las armas del duelo. Prefieren excederse, confirmar eso de que vivir es siempre algo accidental y gris. El alma sensible confirma todos los pronósticos más extremistas. Al alma arponeada por los vicios más grandiosos se le fuga el numen, se pierde más aceleradamente, termina arrumbada en un callejón, expuesto el cuerpo que la cobija como un fardo andrajoso. Como Poe. Como Baudelaire. Como todos los grandes poetas y los grandes músicos que sacrificaron el equilibrio (qué importa el equilibrio) para pasearse como funambulistas por el alambre resbaladizo de las horas.
Billie Holiday, caída en pura desgracia, graba en 1.958 con esa pinta de absoluto abandono. Fondona, rebajada físicamente, moriría un año más tarde, mermada en registros, quemada por dentro y por fuera, entre la indigencia y el fatalismo. Billie Holiday, en estas fotografías, es la dama venida a menos, sí, pero exhibe una nobleza visible. La he visto en Chavela Vargas. No en Amy Winehouse, que es un parto mediático de este siglo ávido de divas y que tiene que hurgar hasta que topa con un ramalazo (uno diminuto) de genio. Billie Holiday era la gran señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgerald. Su vida, sin embargo, se distanció de lo que hubiese querido la abnegada parroquia de adictos a su voz quebradísima, frágil, elocuente en donde la elocuencia narra cosas y las narra hinchadas de dramatismo y de verdad. En la voz de Billie Holiday hay mucha verdad. Está el destrozo de un pueblo, el negro, el suyo, y está el blues o el jazz o ambos como expresión de ese sentir.
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Etiquetas JAZZ/BLUES
12/11/09
La realidad y el deseo
El cine precede a la vida en muchas ocasiones. El talento creativo (o el ingenio) mira a la ficción, la observa en plan entomológico, como rebañando píxels, y luego cae en la cuenta de la existencia tímida y tal vez un poco pacata y triste de la precaria y siempre desmontable realidad. O es al revés y el autor se basta con esa observación de lo que le rodea (decimonónicamente) para garabatear el esqueleto de su historia. La literatura, transportable luego al lenguaje visual o reposada en letra o en discurso oral, es la que mueve el sol y las estrellas, a pesar de Dante y muy a pesar de la Conferencia Episcopal, que pondrá ese motor invisible en Dios o en la salvación eterna del alma. La letra, ah la letra. Y si está herida de honda inteligencia y de pálpito sensible, mejor. Esa letra, cabalgada de genio, es la que hace esta vida sobrellevable. Sigo pensando que si no fuesen por todos esos frívolos subidones de ficción, la vida sencillamente no sería soportable.
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11/11/09
Escribir
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Etiquetas DIARIO DE UN ACTIVISTA MENTAL
10/11/09
Entender a Coltrane
Bono (U2): Estaba en lo alto del Grand Hotel de Chicago [de gira en 1987] escuchando A Love Supreme y aprendiendo la lección de toda una vida. Momentos antes había estado viendo cómo unos telepredicadores rehacían a Dios según su propia imagen: pequeños, insignificantes y codiciosos. La religión se ha vuelto el enemigo de Dios, pensé… la religión es lo que quedó cuando Dios, como Elvis, se fue de casa. Desde los primeros recuerdos que guardo de mi vida, siempre he sabido que el mundo está girando en la dirección contraria al amor y que yo también estoy atrapado en eso. Hay tanta maldad en este mundo… pero la belleza es nuestro premio de consolación… la belleza de la voz aflautada de Coltrane, sus susurros, su astucia, su sexualidad maliciosa, su alabanza a la creación. Y de esta manera empecé a entender a Coltrane. Pulsé el botón de repeat y me quedé despierto escuchando a un hombre enfrentándose a Dios con el don de su música.
John Coltrane murió a los cuarenta años. Hizo discos de reveladores títulos místicos. Y se fue hasta las trancas de heroína y de pastillas. Ebrio de Dios y de química.
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Etiquetas JAZZ/BLUES
08/11/09
The Village Vanguard, 178 7th Ave S Nueva York, NY 10014, USA
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Etiquetas JAZZ/BLUES


















