5/07/09

We'll stand by you...


Los tuve a un par de metros durante hora y media. Hicieron rock sin adornos. Rock sin glamour, adictivo, ruidoso, lírico, explosivo, romántico. Chrissie Hynde se movió como un animal enjaulado en su jaula favorita. Ver a esta mujer de cerca y observar cómo se mueve y qué gestos hace es reconocer de golpe, comprimida, la historia del rock del siglo XX. Imagino que en los setenta harían justamente esto: rock de primer orden, limpio rock al que se le ha despojado de cualquier indicio de aristocracia. Esta señora no puede ser una diva del rock. Tal vez se lo tenga prohibido y treinta años después, algunos discos y cientos de conciertos a las espaldas, continúa haciendo su trabajo de la forma más honesta posible. Buenas canciones, honestidad a corazón lleno. Abrieron con Boots of chinese plastic y repasaron himnos absolutos de su carrera y (no demasiadas) algunas piezas de su Break up the concrete, la última entrega de esta estajanovista del rock, que se permite coquetear con el público, entregarle el micrófono a un espectador y decirle que pida lo que quiera. La elegida quiso que tocaran Precious. Y le dijo que lo harían más adelante. Un señor con una pinta de inglés antológica le regaló una flor. El Teatro de la Axerquía, en Córdoba, completo, coreó I'll stand by you y chilló como un adolescente intoxicado de entusiasmo puro cuando interpretaron Don't get me wrong. A mí me encadiló Thumbelina y una versión mastodóntica, volcánica y extensa de Middle of the road. Luego volvimos a casa cruzando el puente, sobre el río Guadalquivir, contando y recontando los momentos espléndidos y comprendiendo que habíamos asistido a una ceremonia admirable. La de los parroquianos en comunión con su pequeña diosa. Alcanzable, cercana, íntima. Ah, casi olvido que mi hija pilló una púa del guitarrista. Un souvenir en su recién abierto álbum de recortes mitómanos.
.

2/07/09

Me explotan cien sonetos en el pecho

Tengo una visión hedonista de la vida. No es una confesión hiriente hacia quien posea una visión distinta. Me inclino siempre a pensar que quien busca a cada instante la alegría la acaba encontrando y la incorpora a sus palabras y a sus gestos con la comodidad de quien sabe que hace algo bueno para él y para los demás. Porque la alegría, al compartirse, se expande y alcanza a quienes no la ejercen. La alegría, la que defendía enfáticamente Benedetti, no se parece a nada y es el motor que lo mueve todo. Está hecha de júbilos pequeños, irrelevantes, júbilos que al arrimarse unos a otros construyen la felicidad, que es lo que se esconde debajo del amor y que movía, en opinión del hadado Dante, el sol y también la estrellas. Se trata, en fin, de que el tiempo no nos hiera en exceso o nos dañe escoradamente.
Una vez que se acepta la alegría y se mecanizan sus posturas lo demás viene por añadidura. Ninguna recomendación más higiénica que ésta: buscar la alegría, inclinar el cuerpo y el alma a su centro exacto y soberla sin decoro, abrevar la testuz, libarla, perder en la libación todas las formas, caso de que tengamos alguna y haya sido útil en algo. Hoy me decía un amigo que me veía alegre y pensé que que quizá hacía tiempo que no lo estaba. Hasta un anónimo lector dominicano me escribía ayer que nota el dolor en lo que escribo. Oscuro, apostillaba. Y ahora digo alegre sin poso de congoja, alegre sin semántica ni argumentos que estropeen la sencilla convocatoria de esa alegría. Luego asiste uno al espectáculo de la vida y la alegría se abruma de luto y cambia el júbilo por la pena, pero hoy estoy alegre y me explotan (como escribió un poeta) cien sonetos en el pecho. Mañana me escalarán cien lagartijas y me contarán al oído las miserias del mundo.

.

Gárgola

1/07/09

Transformers 2, la venganza de los caídos: La peor película de la historia del cine


Al señor Bay le deberían prohibir empuñar una cámara o pagar para que otros la empuñen. No hago nada más que pensar en el estropicio que una película como Transformers 2 puede hacer en un cerebro sin pulir al que de pronto le colocan delante esta orgía visual, inofensiva, por supuesto, pero dañina en cuanto sublimación del universo estético al que la sociedad que estamos construyendo avanza inexorablemente. Porque lo que ha facturado este caballero es un negocio descomunal cuyo principio activo es una película, una que zarandea las hormonas del personal adolescente y engolosina el ojo pasivo, el fácilmente desbocable, hacia paraisos de una vacuidad moral absoluta y una contundencia plástica lastimosamente impecable. En ese sentido, el zorro Bay, el Anticristo, es un empresario mayúsculo: su jugada es imbatible porque empalma (entiéndaseme el verbo en su sentido más serio) un muy primario sentido del espectáculo (de sencilla digestión por el espectador hueco) con una voluminosa ración de sexo lánguido, inocente, vía Megan Fox, esa especie de actriz que rivaliza con los robots en tics mecánicos. Por eso insisto en la gamberrada cultural que supone Transformers 2: me imagino que la chiquillada entusiasta que ha jaleado las piruetas circenses de los protagonistas saldrá del encantamiento en cuanto la edad les abastezca de sesera y en algún imprevisto y desprevenido instante se acomoden en un cine y vean cine como Wilder manda, ustedes ya me entienden. Pero no tengo ninguna duda de que habrá descerbrados que sigan cómodamente instalados en ese limbo neuronal y pidan más. El chute, si es Bay quien lo expide, está asegurado. Me pongo a pensar ya en una tercera entrega en la que supriman la condición humana y ni el muy soso LaBeouf (qué le vio Spielberg) ni la muy tórrida y concupiscible Fox (que le viene el apellido pintiparado) concursen con sus planas interpretaciones. El guión, a lo visto en este segundo atropello, es secundario. Lo único consistente es lucir palmito y aturdir al consumidor con una sesión hipnótica de mamporros metalúrgicos. Y además, he aquí el verdadero colofón a esta apoteosis de la estulticia humana, se atreven a destrozar ruinas milenarias con desparpajo y glamour. No tienen perdón. No creo haberme expresado con claridad y voy a insistir otra vez: el señor Bay y sus mercenarios no tienen perdón. Al hacer cuentas, la industria del cine dirá que este terrorista visual ha hecho caja y devuelto a las salas a quienes se fugaron. Pues no sé yo si la exposición tiene antidoto. Por si acaso me pongo esta noche en mi DVD una de piratas, fíjense qué les digo. Ni siquiera Dreyer o Bergman o el muy sesudo Tarkosvki. Quiero la alegría simple de un espectáculo digno que no ofenda mi apetito de felicidad. Me quedo con Kraftwerk.

.

30/06/09

"... and the living is easy"

Viene el verano con su coppertone libresco, viene florido de sol y tumbona, empedrado de pereza, pobre de músculo; viene con llamas en los píxels, comido por mil fiebres, bebido como veneno grato con el que ir soportando el mandoble cabrón de los días ahora que parece que la crisis no tiene pinta de flaquear y que los desvelos de la patria quedan en poco o quedan en nada. Porque el verano es un no-tiempo, una especie de limbo en el calendario en el que los periódicos vienen adelgazados de tragedia o la traen amplificada, pero juntita en una página, arracimada y estricta, no vaya a ser que el lector despierte de su siesta de fauno pobre o empobrecido o en vías de empobrecerse ya más severamente. Viene el verano con su panza lúbrica de gazpacho y de cañas con pincho, contando la historia del sol encabritando su hueste de dardos sobre la espalda de las turistas.
Viene el verano triste, en el fondo, con su elenco de mafiosos, aristócratas de lentejuelas en la conciencia y caravanas de jubilados, fichajes de relumbrón en el fútbol del kiosko, todos conjurados a escribir páginas gloriosas, muescas de visa y ginger ale en la tripa, que ahí es donde se esculpen los misterios de la carne, los vicios absolutos y los pecados frugales. El verano derrama en los paseos marítimos, que son como una enciclopedia orgánica del capitalismo y de sus daños colaterales, jóvenes aupados al éxito, sofisticados jóvenes con 3G en el bolsillo y cincuenta euros en la cartera, que lampan por encontrar el polvo de la noche en el servicio de un local de copas mientras en los altavoces se fragua la demolición de todos los cánones, la tenebrosa advocación del dios hortera de la evanescencia total.
Viene el verano escrito como una epifanía del despilfarro, anoréxico y cutre, que ya llegará el invierno con sus rigores y todos los maniquíes aquí sublimados se convertirán en obreros de sus vicios y madrugarán el odio y la esperanza de que el tiempo, el inexorable, cumple su cometido y los abandone en la playa del sur junto al chiringuito abastecido de huevos con bacon y jarras enormes de cerveza. El verano administra venenos gratos, la herrumbre dulce de la pereza, la desazón sobrellevable de no saber casi nunca en qué abandonar nuestro ocio exultante: si en la frívola exaltación del exceso o si en la rigurosa anuencia de la desidia.
.
Addenda:
Viene con el país en llamas, a punto de reventar por algún hueco provinciano, arruinado y sin lírica. Cuando a un país le escamotean la lírica se sube por las paredes y el pueblo se amotina. Podemos robarle el pan y decirle imbécil mientras metemos mano en su alforja, pero lo que no podemos hacer es sangrarle las metáforas, decirle que el tiempo es una mecánica de fluidos, que la vida se muere a cada paso que damos. En verano es cuando el poeta escribe sus versos más rutilantes. El verano es la época propicia para la comunión del hombre con el cosmos. Y algunos, en el trance, se queman, se pierden, se entregan sin saberlo a un ritual antiquísimo del que nadie sale indemne. La vida es de la que nadie sale indemne.
.

29/06/09

En ocasiones veo ángeles...


Hay personas extremadamente sensibles que alcanzan la plenitud estética observando una puesta de sol o escuchando un aria de Verdi. Yo mismo he entrado en esa catarsis prodigiosa y he salido por mi propio pie, aturdido, enfermo, débil. La belleza comparte con el amor esa rara vocación succionadora. El enamorado, al caer en el trance galante, pierde nervio, flaquea, renuncia al foso con cocodrilos y altas almenas vigilantes desde donde antes oteaba la realidad. El enamorado, si verdaderamente lo está, es un tipo vulnerable. La literatura lleva algunos milenios dibujando personajes convictos de esta causa. Incluso alguno de los personajes más celebrados de esa alta literatura de la que hablamos (y también la baja y la intermedia puestos a tirar de inventario) son razonablemente individuos a los que el amor ha robado el tino, ha poseído vampíricamente y (por último) ha convertido en guiñapos, en títeres, en sombra de lo que fueron antes de que la cicuta del amor los intoxicara irreversiblemente. Y la belleza se alía a estos pensamientos y allá donde el lector entendió que hablábamos de amor diga ahora que es la belleza la que mueve los hilos de la trama. De hecho el amor es una forma de belleza que no se conjuga bajo las artes de ninguna disciplina. Está por encima de la pintura y de la literatura, no obedece a los cánones de la arquitectura ni de la escultura, desoye los avisos de la música y a su modo abraza todas estas nobles formas de lo artístico y se expande como una estrella de mil puntas que escondiera trazas de todas. Al modo en que funciona el amor o la belleza debería también funcionar la fe. Hablé con un amigo que la fe es una especie de deslumbramiento, de repentina traducción de un término precioso al que no dábamos significado. Él concluía que no se puede estabular ese hallazgo. No hay forma alguna de que lo conduzcamos hacia adentro por mucho que abramos cauce y pidamos que entre con todo el fervor del que dispongamos. No podemos evaluar ese impacto emocional. No podemos gobernar lo que la razón no entiende. No podemos (ya por último) llevar la fe a las escuelas, sacarla de los templos igual que no podemos obligar al que gobierna y crea las leyes y las hace cumplir que rija su mandato bajo la óptica de la moral, que es un asunto enteramente regido por deslumbramientos y por convicciones tal vez demasiado íntimas. Y así vamos unos y otros, enamorándonos, oyendo arias de Verdi, rezando (quien lo haga) y perdiendo y ganando a cada nuevo día. Yo, que a veces tengo la sensibilidad levantisca y pagana, estoy hoy receptivo. Tal vez esta tarde vea ángeles y me azoten con su verbo como quería el santo Juan de la Cruz. Y si no es así y llego a la cama esta noche con la misma desobediencia mística que de costumbre, me enfangaré en lecturas blasfemas para olvidar esta tentativa de creyente recién iluminado. No caerán tantas brevas. Seguiré perdido, en tinieblas, lejos de la luz, en esta oscuridad tan portentosa, sin que los ángeles susurren en mi oído las palabras exactas que perturben ya de una vez mi ferrea concha de incrédulo.

.

28/06/09

Al cero

Debe haber mil razones para que un tipo se rasure al cero contra la opinión de todos los que le rodean. Ahora no se me ocurre ninguna y me miro al espejo y compruebo que a lo mejor todos tienen razón. Como tampoco me veo bien con pelo, desoigo lo que dicen y esbozo una sonrisa entre tristona y mecánica que confirma lo contento que estoy conmigo mismo y lo estupendamente que me llevo con mis vicios. El último, a raíz de un concierto de blues del que escribí unos posts más abajo, es escuchar blues a tutiplén. Hoy han caído, como a lo tonto, Robert Johnson (del que también he dejado una entrada a título devocionario) Muddy Waters, es decir los maestros, y Eric Clapton en su versión terrestre, sin el divismo que en ocasiones se coloca como indumentaria popular. Llevarse uno bien con sus vicios no sé si es una buena táctica para no aburrise en exceso. Soy de la opinión de que escribir es el vicio mayor y el de más difícil cura. Le conté el otro día a alguien, a pie de escenario, entre un tema y otro a cargo de Edu Manazas, que escribo con idéntica disciplina al pianista que mueve dedos por el teclado buscando desentumercerlos, encontrar la clave perdida, merodear la belleza sin entrar directamente en ella. De vez en cuando este extravío semántico da una línea salvable, pero todo lo demás (lo que echamos a los perros) es lo que vale en mi biografía. El tiempo entregado a contarme el mundo. Me rasuré al cero y miré el espejo y me vi desgraciado del todo. La misma cara de siempre, pero contada de otra forma. Las caras de las personas cuentan historias y mañana la mía tiene una nueva. Será eso (tal vez) lo que me mueve. He encontrado la razón por la que no les he hecho caso a los que se obstinaron en censurarme. Emilio, estate quieto. Que mañana vas a hacer el tonto. Pues eso. Y no cuelgo foto porque entonces todos los que tengáis el detalle de leer estas minucias vais a terminar dándoles también la razón.

.

Aireando huesos

Domingo por la tarde

Igual que hay libros que únicamente podemos apreciar desde el escaparate, paisajes de los que advertimos su belleza en una película o ciudades que nos hechizan cuando nos las cuentan otros, hay gente que es incapaz de franquear la distancia que les separa de la belleza y necesitan que los demás se la sirvan en bandeja, traducida, reducida a una mínima expresión masticable. Se aturden cuando deben emprender la escalada al significado y se pierden en las líneas de texto en donde se cifra (mágicamente) el camino de acceso a la cueva de todos los tesoros. Lo que está pasando es que no salimos a la lluvia y la contemplamos distraídamente desde la rutina burguesa de la ventana. Nos fatiga la travesía: nos incomoda incluso pensar en que esté ahí, extendida, a la espera de que la recorramos. Nos hechiza lo sencillo, nos da esa certidumbre impostada de que la vida se puede gobernar sin que tengamos que poner en juego demasiados recursos. La vida es la lluvia desde la ventana, el libro desde el escaparate, el paisaje en la pantalla y la ciudad cuando nos la narra otro. Y abrimos la televisión (porque las televisiones, en cierto modo, más que encenderse, se abren) para asegurarnos de que todos los demás hacen lo mismo que hacemos nosotros. Complicidad en la pereza. Divinas palabras de condolencia.
.

"I went down to the crossroads..."


Este es Robert Johnson. La leyenda dice que vendió su alma al diablo en un cruce de caminos a cambio de que le otorgara el don del blues. Después del canje, Robert Johnson compuso y tocó 29 piezas fundamentales del género. Necesitó 2 sesiones en el hotel Gunter de San Antonio, Texas ( 23,26 y 27 de Noviembre de 1.936) y en una habitación con una grabadora de un edificio de oficinas en Dallas ( 19 y 20 de Junio de 1.937). Algunas canciones fueron grabadas varias veces por lo que contamos con 42 grabaciones conocidas.
Detalles para la leyenda:
1) Después de tocar en vivo, Robert Johnson se marchaba a toda prisa del escenario. Como una cenicienta temerosa. Quienes no están dispuestos a avivar leyendas, cuentan que lo hacía para acrecentar el misterio. No había nada más.
2) Johnson tocaba en los precarios estudios de entonces de una manera muy peculiar. Cogía su Gibson de segunda mano y se ponía cara a la pared, sentado en una silla. No quería, al parecer, que le viesen tocar. Satanás le poseía, concluían quienes alimentaron la literatura del mito.
3) Roto por la muerte de su hija y de su esposa, Robert Johnson se refugió en el blues. No estaba especialmente dotado para la guitarra, pero de pronto deslumbró a todos con una técnica asombrosa. La ganó por el mecenazgo de su segunda esposa, de recursos financieros más notables, que lo apartó del trabajo y de la tristeza y lo condujo al blues.

El 16 de agosto de 1.938 (probablemente) el diablo cobró su deuda. Robert Johnson tenía 27 años y tan sólo hacía dos que había grabado las piezas de su escasa discografía. Él dueño de un club de mala muerte en el que solía tocar le envenenó afrentado por la infidelidad de su muy joven esposa con el músico negro. El diablo se llamaba estricnina.

Me and The Devil Blues, una sus maravillas, cuenta:


"Early in the morning, when you knock at my door. Early in the morning, when you knock at my door. I said 'Hello Satan', i believe it's time to go".

.

27/06/09

Performing



Los espectadores contemplan la instalación o el cuadro o el dispositivo artístico. Ignoran que la contemplación total la tenemos nosotros a través de la fotografía que los recoge. Un metacuadro. Una de esas pertubaciones a las que los galeristas dan salida como si la Historia del Arte se escribiese o se narrase con estas desviaciones. Lo verdaderamente llamativo es el blanco de las telas, el blanco purísimo al que no afecta ningún trazo y se exhibe con desparpajo, limpio de obscenidades, y la casual trayectoria del público, que involuntariamente participa de la composición y le da (tal vez) un sentido más racional. De todas maneras, incluso con el casual concurso de las tres figuras de negro perfecto, me sigue chirriando el conjunto.

.

Blues en Lucena (one more time)


Hacía tiempo que no oía blues en directo. Ya no digo blues bueno o el blues que suelo oir casi a diario. Tal vez esa abstinencia hizo que anoche disfrutara muchísimo con el cartel que el festival de blues de mi pueblo programaba. Es que mi pueblo se hermana con el delta del Mississippi una vez al año por lo menos y el patio de armas del Castillo se asemeja (ya verán ustedes cómo lo hacen pero deben entender que me mueve la emoción pura y en ese trance la óptica de las cosas no se deja manejar por la razón) a uno de esos antros infectados de nicotina, oliendo a bourbon, unidos por un túnel metafísico (no puede ser de otra manera) con el cielo o con el infierno, pero desde luego nada que se parezca al mundano discurrir de las horas en la tierra. Contento de cerveza, de finas ruedas de secreto ibérico embuchado (gentileza de los hermanos Linares) y de tabaquito a discreción, asistimos anoche a una ceremonia sencillamente extraordinaria. Sí, ya sé que como no veo mucho blues en directo quizá esté dejándome llevar por la emoción pura ésa de la que hablaba. Pues no tengo interés alguno en rebatir esas torceduras lingüísticas. Estuvecon amigos (muchos) y oímos (mi mujer y yo) blues antológico. Edu Manazas y la Whiskey Train. Sax Gordon y su banda. Y ahora no entro en buscarle tres pies al gato (tripodología) y describir qué hicieron y cómo. Simplemente hubo blues, gotitas de jazz soplado con muchísimo talento y una tripa de secreto ibérico embuchado que fue repartida como la hostia de la comunión por todos los feligreses allí hermanados.

.

26/06/09

Michael Jackson, el rey de los tejados de Londres





Hay muertes ajenas que conmueven más que otras. No confío en que ésta en particular modifique lo que pienso sobre el finado. Contribuyó a modificar mi pereza a considerar el pop como un noble arte. Creo firmemente en que Thriller es una obra maestra a la altura de cualquier clásico de más pronta y duradera evocación. Su bizarra vida privada, la poco fiable travesía de sus vicios, exime de filiaciones excesivas al fan pasivo. Cuesta, no obstante, entrar en la extravagancia, en esa infame ristra de perversiones peterpanescas coladas durante años y que terminaron por sustituir (lastimosamente) la relevancia de su trabajo, la impecable concatenación de hits, la masiva atención a sus videoclips y la serena certeza de que, rey o no del pop, Michael Jackson era un virtusoso de lo suyo, un iluminado, una especie de vástago rítmico de Walt Disney, el hermano yankee de Peter Pan o el moderno principe de las finanzas, patrocinado por Coca-Cola y la MTV. Da igual que luego las desviaciones morales, la querencia insana por todo lo que representase lozanía, juventud e inocencia (los niños, ay) convirtiera su admirable posición de icono del mercado de la música en un despreciable (en ocasiones) muñeco de la farándula más retorcida, del morbo y también de la megalomanía, de la excentricidad...Por encima de toda la hagiografía (que la hay y la habrá en mayor medida y hasta límites ahora escandalosamente insoportables) está Miles Davis haciendo Human nature o el nervio loco con el que arranca Wanna be startin' something, una de mis canciones preferidas. Yo confío en no olvidar jamás mi infancia en Córdoba, juntando unas pesetas para poder ir a Fuentes Guerra y comprar Off the wall en cinta de cassette. Qué tiempos. Ya la ha perdido.


.


24/06/09

Un motel en Carolina del Norte


Entra en lo posible que uno mire la realidad cinematográficamente cuando casi nunca miramos el cine desde la óptica de la realidad. En esto siempre acudimos a la antigua conversación sobre los dominios de la ficción y siempre confirmamos la injerencia de lo fabulado sobre lo real sin que ninguna de esas dos entidades posea privilegios de los que la otra carezca. El motel de carretera de la fotografía, al parecer sito en Carolina del Norte, es el mismo motel de carretera de cientos de películas y probablemente engrose unos pocos más de cientos en la historia. Pienso en Carver y en Hopper y en James Cagney y no tengo argumentos fiables para justificar estos tres prebostes de la cultura yankee. Sé, no obstante, que ejerce un hechizo difícilmente sobornable. A diferencia de los cuadros de Hopper que me gustan, aquí no hay personajes vacíos, infatigablemente solos, bebiendo, perdidos en alguna ensoñación, especulando sobre qué giro debiera dar el destino que les salve del caos al que han arrojado sus vidas. Todo eso está en los cuadros de Hopper y de alguna forma, solapadamente, está también en esta fotografía inflamada de tópicos, pero poética (a mi modo de ver la poesía) al modo en que hay lirismo en un cuadro de Sorolla (qué pena no vivir cerca de Madrid y no haber podido asistir a la celebración más reciente de su pintura) o en excursión a pie por la montaña. Soy un depredador de imágenes y son éstas las que devoro con mayor fruición: me conducen a la ficción pura, me incitan a fabular, me convierten en un demiurgo de mis vicios, me facultan (para bien o para mal) en el antiguo oficio de inventar o de mentir. Hay mucho que inventar viendo esta fotografía: en una de esas habitaciones se estará cometiendo un crimen, un rufián sacrificable estará contando el botín de algún asalto menor o una pelandusca con ínfulas de actriz será la felatriz incansable del típico viajante. El cine abastece de recursos narrativos y la imaginación completa el discurrir mental de todos esos fotogramas falsos. La realidad es también un fotograma hilvanado a otro y así hasta construir un rollo continuo. La vida es cine negro de muy alta calidad. Como el metraje es tan largo, el guionista intercala melodrama, pasajes románticos, escenas lúbricas, trozos de musical y hasta comedia barata. Hay quien vivie en serie B y quien conduce sus días y sus noches en clave Bergman, en modo adusto y estricto. Hay quien se enfanga en tramas tarantinianas y termina en un callejón con un par de cuchilladas en el estómago y quien se muere sin sobresaltos como si fuese un personaje de una película del Ivory más victoriano. Quien espera que llegue el amor y confía en que alguien asome antes de que los títulos de crédito inunden la pantalla. Y la fotografía del motel en Carolina del Norte, en la América más o menos profunda que nos venden y que compramos, exhibe su querencia al desatino narrativo, al festín de las palabras.


.

23/06/09

Terminator Salvation: Una insana costra de óxido en alta definición...


En cierto sentido, Terminator Salvation supera las expectativas que crea la emisión de una cuarta parte de toda franquicia. Y aun superando esas espectativas, defrauda. McG entiende que la saga necesita un revisado que, en modo alguno, empañe la labor acometida por Cameron en las dos primeras entregas. Obvia casi por completo la trama de la tercera, a pesar de que los guionistas de ésa sean los encargados de tirar de la cuarta, y decide colocar sus piezas en un paisaje muchas veces insinuado en la sustancia narrativa de todas ellas. Las supera porque no esconde su operística vocación de paradigma del cine de acción y, al tiempo, plantea un discurso pasajeramente profundo sobre el alcance del progreso y de cómo el apocalipsis de extendida tradición cristiana podría prescindir de arcángeles y de anticristos y sencillamente provenir de la maraña hipertrofiada del cerebro humano. ¿Sumamos ínfulas de matafísica y musculación infográfica y tenemos una buena película? No, me temo. Terminator Salvation se despeña en lo narrativo: todo es previsiblemente sencillo, nada emociona, los diferentes hilos de la narración jamás consiguen un clímax. La parte de cuento, que debiera guiarlo todo, se abisma en la parte visual, y ahí es en donde podemos rebajar el enfado de fans de las dos primeras entregas y considerar que algo salvable queda.
Terminator Salvation se desembaraza de toda elocuencia: su hondura es eventual; su construcción plástica de ese apocalipsis satisface al observador neutro y al que tiene en su cabeza un mapa exacto del caos que viene después del exceso, pero aturde a quien inclina su voyeurismo apocalíptico, su querencia al sci-fi mastodóntico de Hollywood, al sostenimiento de una historia, y aquí (esto es lo verdaderamente doloroso) la hay a ratos, según vuele el óxido cósmico por el plató o por la cabeza de este Michael Bay sensible (si es que eso puede ser posible) que ha querido, más que redondear un producto palomitero, limar las asperezas fonéticas que su alegre nombre (Mac Yi) amasa en su no muy extensa carrera.
Fría como un sueño de Asimov, excesivamente confiada a la contundencia plástica, Terminator Salvation tiene un desarrollo confuso y un desajuste absoluto entre el libreto de diálogos de los actores, que tampoco dan equilibrio dramático a unos personajes vacíos y poco emotivos, y la pantagruélica concatenación de imágenes de impacto que perla todo el metraje y en la que fundamenta toda posible afinidad a su propuesta.
TS es un blockbuster formidable: un pelotazo en taquilla y un éxito asegurado en las estanterías de los videoclubs. Será (imagino) la descarga más importante de junio y será una referencia absoluta en ediciones blu-ray. A mí, en particular, amante del fantástico, me ha parecido un añadido que, sin entrar en la inconveniencia, tampoco renueva el género ni eleva las ya altas cotas de las dos primeras entregas.

.

22/06/09

Vicios estabulados


Es posible que el cine nos haga mejores personas. También hay quien no ha puesto un pie en una sala ni ha perdido dos horas frente a la televisión viendo alguna de Fritz Lang y medra en humanidad con desperpajo. Yo, al menos, en parte, soy como soy por las horas que gasté en miles de películas. Heredé de mi padre, un cinéfilo a la antigua que no admite el cine de ahora, la muy sana costumbre de ir anotando en una libreta las películas vistas. A diferencia de él, que no tenía tiempo de consignar otro dato que no fuese el título o la sala en que la vio (entenderán que entonces no había televisión), yo me excedo a mi manera y reseño el director y alguna que otra cosita frívola como el título en su idioma original o el género en el que se adscribe. Empecé el año en que me casé, lo cual no deja de ser un dato meramente anecdótico porque antes de ese festivo día ya me había metido entre ojo y memoria unas cuantas cintas, pero quiso el azar, cuyas leyes no entendemos y mejor es que no sepamos, que desde ese año (1.992) yo haya manuscrito esos títulos vistos hasta, a día de hoy, hasta ayer que vi o reví la última (El pequeño Lord, John Cronwell, 1.936) la cifra pasa holgadamente de dos mil. Debo estar perdiendo en calidad humana porque la lista no exhibe la vigorosa musculatura de antes. Nada de lo que preocuparme. Ninguna de las buenas cosas que reporta una película, una de las que se quedan dentro, digo, se pierden definitivamente y al regreso, cuando uno recupera el tono cinéfilo y necesita las raciones habituales de vicio, la felicidad es absoluta. Se tiene la plenitud perdida, se oxigenan los pulmones del alma, que no están en el pecho y se tiene conciencia exacta de que vivir, aparte de cumplir una serie de trámites burocráticos, sociales o laborales, entraña también pequeños palacios de amor puro, de acceso inmediato, que no requieren entrenamiento y ni siquiera exigen contraprestaciones dificílmente pagables. Y eso lo da el cine. Anoche, viendo esta peliculita inglesa de rancio afecto adolescente, pensé en todo eso y me acosté con la certidumbre de que ya va siendo hora de que vuelva a meterme más generosas dosis de fotogramas. Estoy alimentando poco mi lista. Me estoy acostumbrando a ese infame acto de abandono sentimental. Con los libros quise abrir un diario parecido, pero flaqueé, me perdí, escribí un inventario flacucho, desatendido, que desmerecía del alto propósito que lo jaleaba. La vida es larga y tal vez todavía esté a tiempo de abrir un nomenclátor fiable. Y lo de mejor persona es un exceso. No llego a tanto, pero caso de alcance ese clímax sentimental absoluto será, en buena medida, por este séptimo nobilísimo arte.

.


.

21/06/09

Teatro de aquí



Bello, es decir, Sergio Maíllo, entusiasta del teatro, me dijo anoche, en su colegio, en una fiesta de fin de curso, que buscara en Youtube su último trabajo. Yo me limito a concederme el gusto de colgarlo en mi página. Se lo merece. Picando, se accede a las demás partes de esta pequeña (y estupenda) obra de Alfonso Zurro.

.

20/06/09

Un cálido fluido

Yo camino entre tinieblas y sombras de muerte: lo dice el Cardenal Ricard María Carles en unas reflexiones que La Razón le regala a título sentimental. Hace tiempo que las tinieblas me acompañan. Bien vistas, observadas con bisturí óptico, no son tan terribles. Lo de la muerte, que suena a tragedia, no me intimida. Hasta la fecha, ninguna de esas alarmas apocalípticas me han hecho pensar que estoy a tiempo de salvarme si abrazo la fe y me dejo que mi alma sea evangelizada. Estoy bien así. De hecho estoy estupendamente en este limbo de anarquía teológica en el que he convertido mi travesía por este mundo. Cuando me muera no iré al cielo, pero tampoco me aguarda ningún infierno. Me perderé en las sombras y procuraré dejar en los míos, en los que me quieren, algo de lo que sienta orgullosos. Poca cosa, no crean. No tiene mi vida aristas sublimes ni tiene mi trasiego diario nada que sobresalga. Quizá porque el azar no me obsequió con la fe. Ya lo ha dicho el Cardenal Carles: Emilio Calvo de Mora camina entre tinieblas y sombras de muerte. No lo ha dicho así, pero como si lo hubiera hecho. E insisto en lo contado: es un paseo de tan grato y lírico paisaje que me pregunto a diario en qué consistirá el otro, el que no veo, el que sucede afuera de mí, en la fe, en la creencia de un mundo a la derecha de un Padre, vivífico, divino y eterno. Me cansa en ocasiones este mundo como para firmar el ingreso en otro del que no tengo la certeza de que sea mucho mejor. Creo, como Borges, que la Religión es una rama de la Literatura Fantástica, pero siempre está el asombro abierto y cualquier día dejo las tinieblas en las que parece que ando y me sorprende la fe en medio del camino. No espero ese día. No entra en mis cálculos la reconversión. Se está muy bien en la disidencia. Como mi amigo Antonio Linares, me produce cierta urticaria mental perderme en estos devaneos místicos. Él lo expresa de otra manera, pero es que Antonio, al que quiero mucho, tiene un sentido del humor laico de cojones. Camino en tinieblas, pero no me impiden ser feliz. Estoy muy a gusto en la inopia moral, en ese territorio vago y perdido en el que uno no precisa de todos esos aditamentos celestiales. Cada día, escuchénme, màs, pero como dice mi amigo Rafa Roldán, siempre está uno a tiempo de involucrarse, de caer, de sentir ese abrazo, de mirar de frente la luz y sentirse parte de su cálido fluido.


.

.

16/06/09

Lecciones de teología

tengo la mirada perdida y kim novak progresa como un discreto tumor en los ojos
tengo la mirada perdida y dios hace tiempo que no está de mi parte
tengo la mirada perdida y el aire quema como una hendidura de carne
tengo la mirada perdida y este fuego humilde no me consume ni hiere
estoy frente al infinito y el infinito interroga mis ojos y me cubre de luz
estoy entregado a esta quietud y no hay en mi voz semilla ni alienta prodigios el verbo
es la travesía en lo oscuro que me brota como una plenitud y estalla
ha caído y está aquí el ángel que me invita al desmayo absoluto sin tiempo
el secreto está a salvo y nada me agrada más que kim novak bajo un cielo inflamado
dios respira adentro pero ninguna palabra suya asciende a la carne y pronuncia mi nombre
estoy con dios adentro y mi corazón está enfermo como una fruta sangrada a mordiscos
cruzo la turbia noche del flexo hacia la desolación
tengo la mirada perdida y kim novak me escolta al sueño
en esa niebla exquisita de amante recién vertido no pienso en la muerte
en el dolor pequeñísimo de la carne vulnerada encuentra mi voz su delirio
estoy aquí como siempre hablando conmigo mismo
buscando a kim novak como quien se pierde en un sueño

.

13/06/09

Yo era un tonto y al ver cómo trabajaba Florentino Pérez me convertí en dos tontos


En el principio no fue el Verbo. Antes que la palabra aposentara su maquinaria mitológica y la carne fluyese bíblicamente, antes de que Darwin encontrara agujeros en la teocracia del mundo y mucho antes de que CR7 hiciera temblar los cimientos mismos de la economía planetaria, antes de todo eso, ya estaban en el casting de esta historia los virus, las bacterias, los bichitos invisibles de los que salió todo. El mecanismo no lo entiendo porque yo soy de letras y la mecánica de fluidos, la cosa cuántica y el ADN me resultan materia abstracta al punto de que me parecen, más que contenidos de la Ciencia Moderna, argumentos de la Ciencia Ficción. De hecho cada día me siento más incómodo en la realidad y me encuentro más a mis anchas en la ficción, en ese territorio en el que Florentino Pérez, el Obama Blanco a decir de algún contertulio radiofónico con buenos reflejos semánticos, sería un personaje menos soberbio o nada soberbio y, por supuesto, no tendría esa labia de funcionario eficiente, hecho a manejar caudales y a repartir beneficios como el que sale a la puerta de casa y barre el polvo nocturno, entiéndame bien, y charla con las vecinas sobre los trastornos que dan los hijos. Pero hoy todo lo veo bajo merengue: veo el mundo convertido en un objeto comprable, vendible, alquilable, reformable. CR7 o CR9 es el icono absoluto. Vamos a escribirlo ahora de otra manera antes de que me venza el sueño (ha sido un día completo como pocos en muchos aspectos): al principio no fue el Verbo ni el Verbo devino Carne. Digamos que en esos arranques titubeantes de lo ya única y muy disciplinadamente orgánico lo que triunfó fue el glamour, la fascinación por lo ajeno, por lo que se nos vende como excelso. Y en aquel mundo unicelular, bicelular, pluricelular, en fin, multicelular para contento mío y finiquito del post, habría (no lo duden ni un instante) bacterias atléticas, mediáticas, destinadas a conquistar el mundo. Caso contrario difícilmente el mundo habría evolucionado para llegar a ser lo que hoy es. Ya saben: Pérez trayéndose a Kaká y a CR7 o nueve a la disciplina blanca. Eso de la disciplina, aplicado a un equipo de fútbol, siempre me llamó la atención.
No desvariemos: como me encanta flipar con el envés de las palabras, que dan cuartelillo para alumbrar argumentos peregrinos fascinantes, estoy pensando en ese instante primordial en el que una definida y marcadamente ya trascendente pareja de bacterias o de virus o de entidades vitales se miran, coquetean, se acercan, se tocan, se sienten cómodos en el magreo místico y dan como resultado final el instante primero. Todo muy pillado con pinzas. Porque esta paleoescritura de bloguero muy tocado a nivel cerebral viene por el glorioso fichake de Cristiano y por la clarividencia financiera y por el desparpajo mediático del señor Pérez. Suena sencillo: Señor Pérez. Díganlo bajito. Pronuncien: Señor Pérez. Repitan. Nada más sencillo. Hay otros Pérez en su planta del bloque o en la Asociación de Padres y Madres del Colegio en el que su hijo o su hija estudian la vida en cómodos fascículos coleccionables. Afuera la realidad se retuerce y a cada minuto que pasa el retorcimiento es más visible y menos nos molesta. Noventa y cuatro millones de euros es el número del día. Al principio no fue el Verbo: fue otra cosa. Y todavía está por ver el lugar al que nos dirigimos. Yo, tan falto de fe, iré al infierno. Y allí, driblando a todos los delanteros ingleses crápulas, estará CR7, que le de la fortuna muchos años de jolgorio celular. Porque lo de hoy no tiene que ser bueno. Algo pecaminoso se esconde en esa cifra monstruosa. O yo sigo ciego y no veo con claridad los driblings del mercado. Buenas noches.

.