08/11/09

The Village Vanguard, 178 7th Ave S Nueva York, NY 10014, USA




Hubo un tiempo en que estar a la vanguardia del pueblo consistía en tocar jazz. El Village Vanguard de Nueva York abrió sus puertas en febrero de 1.935. Pronto llevará setenta y cinco años tutelando esa dinastía épica de músicos conjurados, ebrios de genio, inspirados por el numen secreto de la belleza. No una belleza cualquiera sino una que, al tiempo que desprendía luz y causaba asombro, batallaba contra quienes, tercos, ignorantes, censuraban aquella música hecha por negros o por blancos pervertidos por negros. Hubiese estado bien estar sentado en uno de sus salones y ver a Bill Evans tocar Waltz for Debby. Son cosas que no podrán pasar ya nunca. Y aunque sea una excentricidad de domingo tristón de otoño recién caído, me duele.

.

Travelling man

07/11/09

Las tijeras de Charles Simic

La realidad contiene trazas de ficción. En la oscuridad la Historia hace sonar las tijeras de modo que al abrirse la luz nunca extraña ver un cuerpo desmembrado, una pierna recién amputada o un par de dedos sueltos. Simic hace una poesía negrísima que parece un cuento de Lewis Carroll pasado por la turmix de la CNN. Cuando se hace de noche la realidad contiene más trazas de ficción todavía. Y si uno lee las páginas de esa Historia pareciera que toda entera ha transcurrido en tinieblas con unas tijeras campando a sus anchas, abriendo surcos en la carne limpia, alfombrando con sangre los nobles campos de la luz sencilla de los buenos sentimientos. No hay día en que no piense en este poema de Simic (Juguetes aterradores/Frightening toys) y en las tijeras del azar escribiendo la editorial de los tiempos.
Simic, que es un irónico o un metafísico de a pie o un escéptico metido a lírico, hace una poesía deslumbrante. Una de esas poéticas que convienen en tiempos convulsos. En realidad es el poeta más útil que he leído recientemente. Eso contando con aquéllo de que la poesía es siempre un arma cargada de muchas cosas y ahí entra cada uno para investirlas con los dones que se precisen para que no pierda comba en la administración de la realidad, pero no puedo evitar la imagen purísima, incluso en su tosco principio de tragedia, de las tijeras en mitad de la noche.

.

06/11/09

No cabremos

No veo a Paul R. Ehrlich, un biólogo de poblaciones, uno de esos intelectuales de universidad que poseen un discurso provocador y se buscan enemigos y amigos a partes iguales, en una manifestación provida de las que suelen ocupar las avenidas madrileñas cada vez que la Conferencia Episcopal moviliza a su parroquia y ametralla consignas contra el progreso, que es uno de sus enemigos declarados. No veo a este hombre enaborlando pancartas a favor de la vida. Y no es que este demógrafo inglés, que acaba de recibir un premio de Ecología de la Generalitat catalana, sea un insensible, un bruto, un criminal ni nada de esa guisa. Su discurso es razonablemente práctico. Dice el buen hombre que la bomba demográfica va a reventar las expectativas de bienestar en el planeta Tierra. Que somos demasiados. Que estamos agotando las reservas. Que el agua escasea y va a escasear más todavía. Que población y consumo van de la mano y hasta entra en lo posible que terminen en conflicto y el consumo, que es la madre de todas las teóricas madres, exigirá su peaje y nos mandará a todos a la Edad Media o al Apocalipsis del que algunos hablan pero al que visten de teología o de divinidad cuando es más terreno que un olivo. De lo que habla este doctor ya anciano es la de la irresponsabilidad de traer al mundo a más de dos hijos. Aduce que los políticos no saben de demografía o no se buscan asesores que les hagan saber.
Seremos 9.000 millones de bocas en 2.050. A esa fecha yo estaré muerto. No veré el caos. Me perderé el colapso global. Como no soy un ecologista excéntrico, no expongo mi decepción con sólidos argumentos de conciencia. Mi alarma es estética. Incluso moral. Me pregunto en qué desquiciado juego se permite el ingreso de todos los jugadores. Caigo en la cuenta de que la batalla es más profunda de lo que parece. Mientras uno se alistan en las milicias de la vida como un don sagrado, otros borramos los adjetivos y cuidamos de que estemos bien o de que estemos mejor los que ya andamos por aquí. No somos pocos. Lo irresponsable (no lo digo sólo yo, no lo defiende únicamente mi particular manera de ver las cosas) es que los países en franco progreso o los que llevan ya decenios en esa bondad democrática, los alfabetizados, los que disponen de un rango cultural mayor, tengan gremios que censuren toda profilaxis, que criminalicen a quienes piensan qué vidas van a traer al mundo.
Tampoco sé si es simplemente una de esas batallas entre intelectuales. El humanista contra el ecologista. El católico contra el descreído. Desde Malthus han caído muchas teorías, pero todas convergen en un mismo lugar, uno patético, mirado con detalle. Se resume a aceptar que la casa común no tiene suficiente espacio para sus inquilinos. Es una verdad incontrovertible. No hay dispositivo racional que la contradiga. Esto va a reventar y quizá sea necesario sentar en una mesa a quienes pueden evitarlo y no dejarles que se levanten hasta que haya algún tipo de consenso.
En términos médicos, la metástasis es ya inevitable. El cáncer está ahí. El símil es del propio Ehrlich. El Vaticano se opone frontalmente a que algún tipo de planificación sea alentada por los gobiernos sensibles. Vendrán los hijos que quiera Dios. Con lo sencillo que es separar sexualidad y procreación y educar a las generaciones futuras con vistas a que no pierdan el tiempo en nubes místicas. A lo mejor es un buen paso convencernos del todo de que vivimos en un país laico. Convencernos de que el mundo, puestos a ser estrictos, necesita laicos. Tampoco muchos. Vaya que no quepan.

.

04/11/09

George Kaplan cumple 50 años



No hay muchos personajes como George Kaplan en la historia del cine. Puestos a ser estrictos, minuciosos, a manejar enciclopedias o hurgar con vocación entomóloga en la sacrosanta imdb, George Kaplan es una especie única. Interesa que está en un armario de una habitación de hotel en una de las mejores películas de esa historia del cine. No siendo estrictos ni minuciosos, Con la muerte en los talones, que ahora cumple cincuenta vigorosos años, es una de esas excepcionales películas que concita el asombro de todas las generaciones que asisten a su proyección. Y ahora me doy el gustazo de buscarla, airearme de gusto puro y limpio y saber que esta noche, a más tarder, me dedico un par de horas de absoluto disfrute. Si la tienen a mano, no se priven. Brinden por Kaplan. Un par de entregas ligeras de Jim Bean vestirá la ocasión. No se merece menos.



.

Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo...


Con algunos muertos uno no puede rebajarse a la apatía. Aunque nunca paseara con ellos las avenidas y los parques y en ninguna feliz ocasión le invitaran a café en una barra de bar, los siente propios, cercanos, muertos íntimos a los que no afecta la rutina de las horas ni se dejan contaminar por el gris de los días. Viven en un limbo perfecto. En vida y también en la muerte. Habitan el corazón, que entiende en ocasiones más de imposturas y de belleza que de cosas tangibles con las que edificamos la parte menos hermosa de la vida. Siempre pensé que la vida está en lo que no se ve, en lo que no se cuenta, en todo aquello que nos ocupa enteramente pero que no es apreciable desde fuera a simple vista, sin el concurso extremo de la sensibilidad. Y José Luís López Vázquez nos enseñó a ser sensibles, a vivir más deleitosamente esa vida de mentira que existe en el corazón y que no se deja contaminar por la rutina de las horas. Se fue como tantos y se quedará igual que ellos. Lúcidamente conservado en la memoria. Protegido en cientos de películas a las que uno puede regresar y no dejar que el asombro se pierda como sucede tantas veces.

.

31/10/09

Um fingidor


O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.

E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.

E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração
.



Traducción

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que en verdad siente.

Y los que leen lo que escribe
en el dolor leído sienten
no los dos que él ha tenido
sino el que ellos no sienten.

Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón

Autopsicografía, Bernardo Soares (heterónimo)

.


Huele a Arkham esta noche...



Álex me hizo pensar en Lovecraft. Busqué uno de los relatos que más me gustan (En la cripta) y me lo zampé en mi sillón de orejas. Después mi convalecencia (una vulgar gripe, un catarro provinciano, una demolición absoluta de la salud) hizo que encontrara una formidable página en la que venden (sí, no miento) perfume inspirado en los cuentos del maestro norteamericano. Imaginen una esencia de insectos triturados, dioses primigenios, moho del siglo XIX y baba de leproso. Quien tenga a bien acicalarse con esta quintaesencia de lo tétrico, visite The Black Phoenix Alchemy Lab Perfume y luego pásese por este rinconcito sano de la Red y cuente a los escépticos si de verdad huele a sótano. Un sótano en Arkham, claro. En fin, un heraldo de lo siniestro. Un regalo para sibaritas. Sólo cuesta quince dólares. Visa, American Express, Mastercard o lo que tengan a mano, y a ligar en Halloween. Estos tiempos de descreimiento moral merecen estos recursos librescos. Están a tiempo.

.

29/10/09

La silla de Clifford Brown


Hasta hoy no sabía que había sillas de jazz. Las hay de velatorios y de cine de verano. De iglesia muy pobre y de fiesta de barrio. Cuando descubrí la foto en una de esas búsquedas caóticas que uno realiza cuando enciende el ordenador sin un propósito fijo, escuchaba a Clifford Brown. Así que una de ellas es suya. La silla de Clifford Brown. Las otras dos no tienen todavía dueño. ¿Miles Davis y Kenny Dorham?

.

Halloween 2009


José Sánchez, obispo en Guadalajara, alerta sobre la inconveniencia de que Halloween desplace costumbres cristianas. Al obispo y a la comunidad católica le incomoda ese relativismo al que el Papa suele acudir cuando proclama la debacle moral de la sociedad. No hay tal hundimiento ni un cisma de atropellos pecaminosos se cierne sobre queienes, al hilo de la moda importada, lo practican, que suelen ser (en su amplia mayoría) infantes y adolescentes, hechizados por la iconografía de la fiesta pagana.
El desplazamiento es relativo. Lo que hay, en todo caso, es una razonable alarma de las parroquias al ver cómo la normativa tradicional en asuntos de culto está siendo (únicamente en parte) desplazada por estas devociones extranjeras y, por tanto, indignas. Dicen que Halloween no es una fiesta inocente. La cristiandad tampoco lo es. Ninguna religión, en el fondo, lo es. Todas edifican su doctrinario invocando la salvación de unas almas, juego que teatralizan durante la vida del feligrés hasta que, llegada su óbito, nada hay a lo que aferrarse para comprobar la veracidad de la promesa.
Nada hay de anormal en la proclama del prelado alcarreño. No batalla contra calabazas huecas (que antes fueron nabos y su deficiente cosecha en los Estados Unidos provocó su sustitución) ni contra esqueletos. El truco y trato es una insignificancia, una afrenta a los códigos morales cristianos que se queda en un ruido diminuto, en una nimiedad. A lo que se enfrenta la Conferencia Episcopal es al negocio puro y duro, a la universal receta del trueque, al tópico ése que decía que el cliente siempre tiene razón. En asuntos de mercado y en asunto de salvación de almas. La fe tiene también su clientelismo. El alma es tóxica. La vida es tóxica. Las religiones son paternalismos acérrimos, tutelas interesadas, metáforas adictivas, letra pequeña.

.

28/10/09

Cánticos de taberna

"En alguna parte leí que un apretado tejido de infortunios labra la historia de los hombres". Se me quedó la frase en el fondo más irrenunciable de la memoria y ahí ha estado durante años y sin embargo no el autor. Recuerdo las veces, a modo de pedantería de taberna, bien alegre de cerveza, suelto el verbo y el ánimo, en que soltaba la frase de marras; recuerdo el ensayo, la rutina fonética, la envarada traída de las palabras como un pase de modelos de alta costura lingüística o como una exhibición de tronío erudito; recuerdo el elogio efusivo de los amigos, las risas que confirmaban la excepcional pertinencia de la cita. En ocasiones se teatraliza con lo hablado y luego el ritual adquiere plaza, se asienta en la costumbre y las palabras dejan de tenerun sentido tangible para convertirse en una especie de furioso latiguillo. Eliot lo dice mejor: "Tuvimos la experiencia pero perdimos el significado".
Viene todo esto a cuento de que Google, ese monstruo despejador de incógnitas, ese oráculo imbatible, resolvió la ecuación y dio un nombre a la cita: Adolfo Bioy Casares, La sierva ajena.. Anoche un correo de un buen amigo me refirió lo del apretado tejido de infortunios y que la trama ya tenía un nombre al que confiar el hallazgo. De lo que este amigo no hablaba en su correo, que se dedicaba básicamente a asuntos más pedestres (banda ancha, contratación de un espacio web...) era de los formidables ratos compartidos con el amigo Bioy a pie de barra, en el momento sublime en el que la lengua aletea dentro de la boca, toma altura, cae, se despeña, se levanta y regresa al aire lírico del lenguaje. Esa jácara nocturna de amigotes arracimados alrededor de una mesa, en un fondo de bar o en la intimidad de la casa de alguno, en cerrada vocación filológica, dando rienda suelta a las sencillas ganas de hablar. O no son tan sencillas. Sí que echo en falta al señor Bioy Casares, toda esa magia de prestidigitador impostado, que vacila por gusto, que está cómodo entre iguales y espera a ver quién suelta la parida más descacharrante. Aunque fuésemos todos unos auténticos cabestros y fuera de esa lindeza literaria ocupáramos la cháchara en lo habitual en estos casos, las proezas galantes, los goles del domingo y la áspera cantinela del trabajo cada lunes por la mañana. Seguimos, a pesar de los años, cayendo en las mismos vicios. Hace que no los practicamos. K. me contó que buscará un hueco en su agenda. A Juan le acabo de decir que voy a colgar este post y se pase y le eche un vistazo. Sé que, no gustándole, le hará ponerse sentimental.

.

25/10/09

Saki bajo la lluvia

Best Books, The Atlantic Monthly, Jillian Tamaki

En invierno, embutido en un buen abrigo, suelo no olvidar echar algún libro de bolsillo junto a la funda de las gafas de sol o el movil. La certidumbre de ese libro, su presencia escondida, me hace confiar más alegremente en no aburrirme, en no dejar al gobierno del tedio los ratos en blanco que suelen ocuparnos en el trecho del día. Para cuando va uno más liviano de ropa he encontrado una solución feliz: uno de esos bolsos con varios departamentos que se cuelgan al hombro. He probado ya un par de modelos, que descansan en un cajón. El tercero es formidable. A su cobijo han estado Lovecraft, Neruda, Millás, Poe, Séneca, Lorca, Muñoz Molina o Savater desde que lo compré a principios de verano. Todos estos autores en estupendas ediciones transportable. Ahora llevo relatos de Saki, que es un escritor muy británico, que escribe de forma deliciosa lo más puramente británico y que me recomendó un amigo, ya ven, cuando hice el Servicio Militar en San Fernando, en Cádiz. Recuerdo haber leído a Saki bajo la lluvia, en una parada de autobús cerca del Ramón de Carranza. Era domingo y volvía al cuartel. Ahora las esperas las alivio con música. Entonces el entretenimiento, el mimo con que trataba esos ratos en blanco se lo encomendaba a la literatura. A falta de libro nunca me faltaba el periódico del día.
He leído en sitios exóticos. En metro no lo he hecho jamás. He disfrutado viendo en cine cómo la gente se aislaba de la gente (no sé yo si eso es recomendable del todo, pero en ocasiones sí sé que es totalmente necesario) leyendo en el metro. Hace poco estuve en Madrid y pude admirir esa circunstancia en directo. Había una japonesa leyendo un libro en japonés y una adolescente leyendo a Harry Potter. Ignoro qué parte de la pantagruélica aventura. Vi a un señor muy mayor que leía La razón. Quizá por ser muy mayor. Ver a un chico joven, afectadamente pulcro, peinado con raya imperial y levantando la cabeza a cada instante, como buscando a alguien, me hizo pensar en K., que suele hacer eso en las cafeterías, cuando hojea la prensa y dedica más tiempo a la concurrencia que a las noticias.
He leído en la sala de espera del médico el final de una aburrida novela de Murakami y también en esa misma sala he empezado un adictivo texto de Auster. En el autobús, en Córdoba, para fomentar la afición a la lectura, el Ayuntamiento dispuso colocar en los cristales poemas. En los transportes urbanos se recomienda siempre leer poesía porque es fácilmente interrumpible y te hace también sentirte transportado, pero sin levantarte del asiento, eso en el caso de que vayas sentado, cosa que no sucede en todos los casos.
He leído an Borges e casi cualquier sitio que el buen lector pueda imaginar. Hay lugares de Córdoba que me hacen pensar en el poema del ajedrez o en la historia de Funés el memorioso o en Emma Zunz o en Asterión. ("¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió"). De hecho al pasar nuevamente por ellos regreso a esos personajes o recreo alguna línea de algún poema y el impulso natural es declamarla, airearla, convertir esa circunstancia estrictamente íntima (un libro, un sitio) en un acontecimiento público. Nunca tuve pudor ni me afectó la vergüenza de llamar la atención por la calle. En eso, en ese arrebato de lujuria libresca, menos todavía.
Como he terminado de leer a Saki, me levanto justo ahora, miro en las estanterías y coloco en mi mochililla un libro para mañana. ¿Memoria y deseo, la poesía de Vázquez Montalbán?

.

El perfume del pan

Allá al fondo está la vida, pero no tenga miedo. El reloj al que daba cuerda Cortázar se ha perdido. No podrá remontar suavemente la llave de la cuerda. No verá árboles dejando caer hojas ni en el azul del cielo las nubes convocarán una conferencia de pájaros. El tiempo siempre se llena de tiempo y las palabras buscan palabras que las justifiquen porque el tiempo les va limando las aristas y las va convirtiendo en fragmentos de un recuerdo al que acudimos cuando llueve o cuando en la noche un vagor temblor teológico nos hace pensar que allá arriba, en la inmensidad cósmica, habrá quien nos tenga respuestas para convencernos de la pertinencia del viaje. El miedo tampoco está. Ya no tenemos ni miedo. Lo hemos dejado caer por el camino. Sería un roto en el bolsillo del pantalón. Si volvemos y desandamos el camino encontraremos otra cosa. Miedo no. Habrá soledad. Estará ahí la soledad como un vaso lleno de whisky en una barra de bar en el fin del mundo.

Anoche leí a Cortázar muchos años después. Fue haciendo zapping, ya saben. Ese tipo de lectura caótica que te llena un rato y que no te vacía al instante. Pero leer así a Cortázar da juego después. Se te llena la cabeza de nubes y de paseos por la ciudad que luego resultan ser paseos por el alma.

.

Moon: ... Planet Earth is blue and there's nothing I can do...


Cosechadoras de gas en la cara oculta de la luna. Hay que ser hijo de David Bowie y haber visto en casa astronautas tomando café en la cocina para imaginar Moon y luego filmarla. O hay que haber visto cien veces 2.001, una odisea en el espacio o Blade Runner o Solaris o haberse leído las crónicas del Asimov más ameno. Major Tom andaba por allí. De resultas de esta alegre zarabanda de cosmonautas nace Duncan Jones, el director de Moon, su ópera prima, la mejor película de ciencia-ficción del siglo XXI. Philip K. Dick, que es el pater familias de todo este caos metafísico, sobrevuela una historia absorbente, que fascina por su limpieza narrativa y por desplegar un tipo de suspense al que no estabábamos acostumbrados desde que los replicantes comían arroz chino bajo la lluvia.
Resulta penoso (o resulta lógico) que la única vía que le queda a la filosofía en el cine siga siendo la ciencia-ficción. Moon escudriña de nuevo las preguntas fundamentales que se hace el ser humano. A algunas les da respuesta la religión; a otras, la ciencia. Entre la fe y la razón, hurgando en una y en otra, está Sam, que es un minero galáctico, una especie de eremita tecnológico al que han contratado para satisfacer las altas demandas de helio-3, la energía del futuro, la única posible, y que de pronto comienza a cuestionar la realidad. La de Moon sucede en un menos aséptico de lo esperado cubículo cósmico. En ella suceden más cosas que en muchas películas del género que recorren distancias siderales.
Aunque quizá lo verdaderamente importante en Moon es la denuncia de la absoluta falta de principios morales que gobierna esta sociedad en la que vivimos o en alguna otra cerniente. La ciencia-ficción es un género fantástico para contarnos las cosas que nos suceden por dentro en el paradójico atrezzo del universo, en ese espacio negro y puro, infinito, en el que el hombre tal vez habla consigo mismo y encuentra las respuestas con las que no da en la sórdida, impura y rutinaria Tierra.

.

23/10/09

Si la cosa funciona: el formidable ocaso del genio


Una de las cosas más extraordinarias que provee el arte cinematográfico es aquélla en la que se nos da como creíble y hasta enteramente fiable lo que en la vida real nos parecería asunto fantástico, de escaso credito o abiertamente falso. Al cine le confiamos la gestión de esa porción de felicidad basada en la fantasía o basada en el cuestionamiento de la realidad. La otra circunstancia favorable que concurre estriba en la fascinación que ejerce el cine cuando se limita a contarnos, sin alambique épico, sin el concurso de la imaginación voladora, la vida real, la que nos ocupa a diario.
Woody Allen nos ha contado con absoluta maestría ese espacio doméstico, limpio de volutas infográficas, escrito con la veracidad del que escruta esa realidad y extrae de ella las historias de más sencilla literatura. Busquen en su imaginario cinéfilo y encuentren el ejemplo que mejor se acopla a lo aquí contado. No tardarán en dar con los necesarios. De hecho yo sigo pensando que Woody Allen, el mejor Woody Allen, al menos, cuenta siempre la misma historia, aunque se esmera en confundirnos al moverla de escenario o al introducir personajes aparentemente novedosos o desenlaces parcialmente inéditos. Todo, sin embargo, está escrito en el infalible cuaderno de trabajo de este genio incansables, fatigado ya en la vejez, que sabe cómo funciona el engaño del cine y rinde al exigente público (el suyo es de los más inteligentes que pueda haber) muy medidas raciones de realidad, entregada a manta, construída bajo la mala uva de su humor, que no es negro ni chabacano ni bebe de la actualidad para ir a la moda sino que se escribe con mimbres clásicos, con inbatibles argumentos universales. Dentro de cien años veremos con la misma satisfacción Si la cosa funciona, la última entrega en pantalla y, a lo visto, la mejor desde que cambió el modelo narrativo y las intenciones estéticos y filmó una de las mejores películas que yo haya visto recientemente y que es la menos suya de todas: hablo de la formidable, en todos los aspectos, Match point.
Ver una película de Woody Allen sigue entusiasmando. No existe abatimiento. La peregrina idea de salir insatisfecho no nos cohíbe y hacemos la cola. Las colas en el cine cuando proyectan una película de Woody Allen son colas de iguales. Gente cortada por la misma tijera cinéfila. Gente sana, en su mayor parte, que disfruta las piruetas verbales, los gestos, los trompicones de la palabra del genio neoyorkino. Hay en esa cola una íntima sensación de júbilo. Si un fan irredento de Michael Bay lee esto y concluye que también siente eso cuando asiste a su última gamberrada visual no tengo argumentos para contradecirlo. La fe en lo que uno cree carece de un prospecto leíble, llevable a término. A mí, que he hecho cola para algún Transfomer por obligación parental, me ha llamado la atención el griterío de la muchachada, la explosión de nervios agitándoles el pecho y desatándoles la lengua, pero no nos desviemos...
Si la cosa funciona no funciona. No al menos como quisiéramos. No basta que sea una rémora del trabajo de los ochenta. No es suficiente que Woody Allen haya retomado su lenta descripción de la ciudad de Nueva York y las neuras, frustaciones y subidones de vida (la vida en ocasiones asciende el torrente sanguíneo como una toxina, pero no nos damos cuenta) que sufren sus inquilinos. Si la cosa funciona no es el cine ejemplar de antaño. Habiendo momentos brillantes, sobran los rutinarios, y eso que puestos a ser exigente (ya lo hemos advertido) la filmografía de Woody Allen podría pecar de abusar de esos tics, de esas situaciones arquetípicas, resueltas con abundante carnaza semántica.
La historia del profesor de mecánica cuántica en su desvencijado, destartalado y gris apartamento del Nueva York más tosco y también desvencijado, destartalado y gris que ha filmado Woody Allen no es una historia nueva. La hemos visto antes. Muchas veces. La historia de la bruta chica de pueblo, mal hablada, inocente y buenetona, que llega a la gran ciudad para escapar del provincianismo que la oprime (aunque eso al principio ella nunca podría expresarlo así) ya ha sido contada (Poderosa Afrodita). Aquí no hay coro griego pero el protagonista nos habla, se excluye de la ficción y mira a la pantalla para hacer de la voz en off más carnal que pueda imaginarse.
Todo el paternalismo de Woody Allen converge aquí para demostrarnos que la vida puede ser maravillosa (una pena, al hilo de la frase de marras, la muerte del excéntrico periodista deporti vo Andrés Montes, yo la he sentido así, al menos) y que vivir siempre da un extra de entusiasmo, si la cosa funciona... El hombre que era lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por sí mismo se ha permitido también una excentricidad, se ha copiado a sí mismo y ha perdido en el tránsito una brizna de genio, pero juro que disfruté mucho con lo que ya traía de casa antes de entrar al cine. Sé lo que digo. Me daba lo mismo (o casi, no exageremos) que todo fuese un desastre enorme (desastre tipo Vicky Cristina Barcelona). No lo es en ese grado. Hay (insisto) talento, ocasiones aprovechadas para hacer cine del bueno, pero el genio está cansado, ha cogido sus frases y las ha reescrito, sin entregarse al más genuino oficio de escribir otras nuevas. Se lo excusamos. Además es el único cineasta del mundo que levanta a sus protagonistas a las cuatro de la mañana, los junta en la cocina y los pone a parlotear asuntos de una trascendencia absoluta, perfilada por un humor brutal y arroja a uno de ellos por la ventana con la terrible decisión de quitarse ya definitivamente del medio. Pero el infortunio se alía con ellos y su vida dura una película. Justo eso.
El cine, así abría esta reflexión de viernes noche, abre puertas donde antes había muros, jardínes donde eriales, burdeles donde altares o viceversa. Woody Allen es el único cineasta (vivo) que no abre ni cierra nada. Todo está ahí. Él se limita a contarlo de una forma que es suya. Woody Allen es su propio género. Bergman, su admirado Bergman, era también el suyo. Michael Bay, ay, lamentablemente está consiguiendo a pasos agigantados (y caros, vive Dios) el suyo en propiedad o en alquiler, según tercie el mercado.





.